Ecos del Evangelio

15 marzo, 2018 / Carmelitas
V DOMINGO DE CUARESMA CICLO B. 18 DE MARZO

Tiempo de profundizar…

 

“Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre”
Estamos en la quinta semana de cuaresma, continuamos en tiempo de conversión, de cambio o de penitencia y hoy Evangelio hace referencia a la llegada de “la hora en que será entregado el Hijo de Dios”, la hora de la pasión y de la muerte de Cristo, al mismo tiempo se da la glorificación del Hijo de Dios que viene para entregar la vida por amor y su triunfo es la Resurrección.

Se acerca la “Hora” en la que Jesús será elevado sobre la tierra, este ser levantado se refiere de dos maneras: a ser “elevado sobre la tierra” en cruz, pasando por el dolor y el oprobio, al mismo tiempo con su muerte es “elevado” es decir “glorificado”, sube al cielo y es sentado a la derecha de Dios Padre .

Jesús revela su ser Hijo de Dios por hacer visible el Reino en medio de los pobres, con sus enseñanzas de cercanía, humanidad y entrega, pero sobre todo por su actitud de obediencia filial que alcanza su culmen en la Cruz y en la Resurrección.

Jesús, sabiendo bien que el anuncio del Reino es causa de contradicción para los sabios y de persecución, sentirá “el alma agitada” e implorará no pasar por ese trago amargo, pero, sabiendo bien su misión proclama “si para esto he venido” con ello se dispone a aceptar la voluntad del Padre. “Él a pesar de ser Hijo, aprendió sufriendo a obedecer”, y podrá decir con todo su ser por acción del Espíritu “Padre, glorifica tu nombre”. De esta manera Jesús hace camino hacia la cruz pasando primero por el sufrimiento, la renuncia y la humillación de hacerse uno entre todos los hombres, aprendiendo de esta manera a obedecer y al mismo tiempo se convierte en “autor de salvación eterna” para todos los creyentes.

Este tiempo es un tiempo de profundizar en la escritura sobre todo en la liturgia, y el mensaje de hoy deja bien claro de cómo ha de ser la vida del bautizado. Por el bautismo participamos de la misión de Cristo, por la acción de la unción, se nos ha consagrado como: profetas, sacerdotes y reyes. El profeta es el que anuncia los valores del Reino y denuncia aquello que no está en coherencia con el mensaje de Cristo. El sacerdocio común de los fieles se nutre y se expresa en la participación de los sacramentos, por el cual estamos llamados a dar testimonio de Cristo. Por el don de ser reyes se sirve a Cristo en los hermanos, para el cristiano reinar es servir como Cristo sirve. La misión del bautizado requiere la configuración del creyente con los sufrimientos que Cristo padeció, es decir: buscar en todo, lo que se piensa, dice y hace con la motivación de agradar a Dios y esto se alcanza desde una intensa vida de fe, vivencia sacramental y de oración que llevará a ejercer la caridad con los hermanos, y de esta manera nos aproximaremos al Reino Eterno.

“si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo”
La imagen del trigo es una imagen que Jesús utiliza para señalar que Él es ese grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto. Cristo muere para dar vida, el fruto de la muerte de Jesús es la Resurrección. Con la Resurrección de Cristo se nos da el Espíritu Santo que suscita la Iglesia, que es el cuerpo místico de Cristo aquí en la tierra y que lo formamos todos los bautizados.

Jesús en el Evangelio enseña cómo dar fruto: “el que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para donde esté Yo; a quien me sirva, el Padre le premiará” es clara la invitación que Jesús hace a la renuncia de sí mismo, darse, entregarse, morir a causa de la adhesión a Cristo Jesús, en definitiva seguir sus pasos.

Anunciar el Reino con la vida y la palabra puede llevar a la muerte como fue llevado el maestro. ¿Cuánto cuesta morir, renunciar o aceptar los momentos difíciles? Cristo también sintió en su cuerpo y en su alma el sufrimiento, la soledad, el desprecio, la agonía…, pero, “aprendió, sufriendo a obedecer”.
En el dolor, la persecución, la soledad y la humillación Cristo acepto su padecer por pura obediencia al Padre, pues, sabía bien lo que su entrega suponía y el porqué de su padecer. Con el abajamiento, la humillación y muerte, Jesús establecerá definitivamente el Reino de Dios entre los hombres, somos los cristianos quienes a la luz del Espíritu hemos de seguir dando testimonio del amor infinito de Dios.

Dios nos quiere conscientes que él es nuestro Dios, sólo en Él se encuentra la vida, la Vida que perdura por una Eternidad. Cristo con su muerte da la vida, como hemos escuchado hoy en la celebración, “cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”, esa es la promesa en la que ponemos toda nuestra fe y esperanza, recordemos que, estamos llamados a dar la vida para llegar a Cristo.

La muerte de Cristo, es fuente de misericordia y gracia para los hijos de Dios. Enterrar la vida como el grano de trigo, es renunciar a complacerse a sí mismo, dejar a un lado lo que agrada, dejarse humillar por la propia vida, perder parte de uno mismo y tomar como estandarte la cruz de cada día.
Entregar la vida por Cristo y su Iglesia es conocer, interiorizar, hacer vida el mensaje del Reino que Cristo nos expresa con sus palabras, su vida, pasión y muerte, y esto lo expresaremos con una vida que hace suyas las necesidades de los hermanos más cercanos y que alcanza a los que están lejos por la comunión de los santos.

 

Un alma que se entrega día a día por el amor de Cristo pedirá al Señor que le trasforme, que le cambie, que le limpie en definitiva que le conceda un corazón nuevo, desde su ser más profundo expresará continuamente:

Misericordia, Dios mío, por tu bondad;
Por tu inmensa compasión borra mi culpa
Lava del todo mi delito, limpia mi pecado.
Oh, Dios crea en mí un corazón puro
Renuévame por dentro con espíritu firme;
No me arrojes lejos de tu rostro,
No me quites tu santo espíritu.

Hna. Glorena Ricardo Machuca CSJ

 

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