Ecos del Evangelio

21 enero, 2017 / Carmelitas
ven y sigueme

DOMINGO III Tiempo Ordinario – CICLO A 2017

Hemos escuchado hoy en el evangelio de Mateo el comienzo programático de Cristo. Fijémonos en la definición del camino de JC, porque es el camino que todo cristiano debe continuar, si se considera cristiano.

Primer aspecto que san Mateo subraya: JC comienza su predicación en Galilea. ¿Por que en Galilea?¿Tiene algún significado? ¿No sería igual que la hubiera comenzado en otra región del país de los judíos? No sé si os habéis fijado en las palabras del profeta Isaías que cita Mt (palabras de Isaías que hemos escuchado más extensamente en la primera lectura).

Nos dan una pista del sentido de esa insistencia de JC en comenzar su predicación en Galilea. “El pueblo que caminaba en tinieblas -hemos leído en Isaías- vio una luz grande”. Isaías y el evangelio de Mateo tiene una misma expresión para describir aquella región: “Galilea de los gentiles”, es decir, de los paganos.

¿Cuál es el sentido de esta insistencia? Subrayar que allí donde JC inicia su predicación, allí donde permanecerá más tiempo, de donde saldrán la mayor parte de sus discípulos, es la región que ahora llamaríamos más descristianizada. Judea, con su capital Jerusalén, era la región de los más practicantes, de quienes se creían más fieles. En cambio, Galilea, era una región más paganizada.

Judea y Galilea son incompatibles. Lo serán durante toda la vida de Jesús.

Judea persigue a Jesús, le calumnia, intenta desconocerlo y como no puede silenciarlo, lo mata. Así de rotundo. En Judea están los sabios, los cumplidores de la Ley, los detentadores del poder. Ellos no podrán soportar aquella .Voz que clama diciendo que todos los hombres son hijos de Dios y que no es tanto la Ley como el Espíritu lo que justifica al hombre; que no es lo que el hombre come o toca lo que le convierte en impuro sino lo que piensa, desea y siente; que no se hizo el hombre para el sábado sino el sábado para el hombre; que el Templo espléndido y brillante se quedará vacío y sin sentido; que Dios, ese Dios lejano de los judíos, es un Dios cercano y próximo que espera pacientemente al hombre que se ha ido de su lado cuando vuelve a Él para refugiarse en sus brazos.

Judea es la institución y la institución se siente en peligro con el mensaje “revolucionario” que predica aquel Hombre que es la imagen misma de la libertad. Judea es la seguridad, la norma y para salvaguardar sin fisura esa tranquilidad que da el saber milimétricamente lo que hay que cumplir, no dudará en eliminar a Jesús.

Galilea es todo lo contrario; es el riesgo, la aventura, la utopía, es el reino del amor como única norma a seguir. En Galilea comenzará la aventura de la salvación y desde Galilea, hoy, Jesús llama a sus primeros discípulos que estaban a orillas de su lago.

Es desde Galilea donde Jesús llama y pide que se deje todo para seguirle. Y es en Galilea donde encuentra a aquellos hombres sencillos que, sin saber demasiado a qué se comprometían, no dudaron en dejarlo todo, todo lo que tenían, y marchar detrás de aquel Hombre al que, hasta entonces no habían visto.

No es antigua y pasada de moda la oposición entre Judea y Galilea. Hoy también existen pequeñas o grandes judeas y grandes o pequeñas galileas.

Hoy también existen Judeas cuando cristianos se aferran a ese reino del dogmatismo, de la intransigencia, del cumplimiento estricto de la ley. Hoy también está presente Judea en esos cristianos que lo saben todo, que están seguros de todo, que pesan y miden sus actos, que contabilizan perfectamente su deber y haber, que tienen asegurado el final feliz de sus vidas porque han hecho todo “lo mandado”.

Pero también hay Galileas, habitadas por hombres que asumen, desde su pequeñez y su insignificancia, el riesgo que supone dejar lo que se tiene y echarse a andar camino adelante tras un Hombre que llama para intentar la mayor de las aventuras de la historia del mundo: la de intentar que el hombre se crea verdaderamente que es el Hijo de Dios y hermano de sus hermanos.

En las Galileas actuales tampoco hay tantas seguridades como en las Judeas, es seguro que no habrá tanto dogmatismo ni tanta intransigencia. Es seguro que el hombre de las Galileas actuales, el cristiano de las Galileas de hoy, comprende al hombre que se queda rezagado en el camino, que incluso retrocede, que vacila, que no está seguro.

El cristiano de las Galileas actuales comprenderá a la adúltera, y al hijo pródigo, porque sentirá humildemente en carne propia que ellos, porque también se ha apartado del camino del evangelio.

El cristiano de las Galileas actuales-como los de entonces- es muy posible que no contabilice sus actos de bondad concretos y particulares sino que intente, por todos los medios, tener una actitud general que le lleve a parecerse a Jesús para intentar que los demás puedan resumir su vida, como se resumió la del Señor, diciendo de Él que “pasó haciendo el bien y curó las enfermedades y dolencias del pueblo”

Creo que cada uno de nosotros puede pensar hoy, con cierta tranquilidad, dónde está situado, si en Judea o en Galilea. Y dónde le parece que estará más cerca del Señor. Es interesante la pregunta por si procede que hagamos alguna variante en el camino de nuestra vida para situarnos en la línea correcta según el sentir de Cristo.

En distintas circunstancias me ha tocado escuchar expresiones como las siguientes: “yo creo en Dios y punto” “yo creo en Jesús a mi manera” “no he hecho mal a nadie y, con ello, ya es bastante”.

Y, cuando uno escucha estas expresiones, no puede menos que pensar si –en el fondo- no estamos moldeando un Dios a nuestra medida. Si, en el fondo –además de un Dios humillado en Belén- no lo pretendemos, además, sometido a nuestros caprichos. ¿Es eso amor y seguimiento a Jesús?

¿Cuándo entenderemos que conversión y fe van cosidas de la mano? ¿Puede decir el esposo a la esposa “te quiero” si, a continuación, solo busca una felicidad unilateral y exclusiva para él?

Ponerse en las manos de Jesús o fiarnos totalmente de sus indicaciones pueden ser perfectamente signos que denoten nuestra conversión, nuestras ganas de cambiar a mejor, nuestra ilusión para que Él, y sólo Él, sea la brújula de nuestra vida.

El mundo que nos toca vivir está lleno de técnica y de comodidad pero, por el contrario, huérfano de amor. Hay muchas llamadas, marketing y escaparates que dibujan realidades efímeras. Por el contrario cuesta, y mucho, encontrar ventanas o puertas abiertas que nos lleven al amor de Dios. Y no porque el amor de Dios no exista, que siempre está ahí, sino porque los oídos del hombre moderno están acostumbrados a percibir exclusivamente sonidos superficiales, cómodos y con poco esfuerzo de sacrificio o de superación personal.

Y, el Señor…..desea testigos valientes, capaces de renunciar a sí mismos, con ideas claras y –sobre todo- que estén dispuestos a ir contra corriente.

El Señor, nos llama como a los primeros discípulos, a proclamar su Reino, de verdad y de justicia, ante tanta mentira e insolidaridad. A recorrer, caminos y valles, aunque, a veces, sintamos que los oídos no escuchan, ni los corazones -de incluso no pocos cristianos- no amen como Cristo les pide.

No debemos cansarnos de pregonar, la salud que nos trae Cristo, frente a la enfermedad y el pesimismo ,el desencanto o la apatía por la vida. No debemos cansarnos de llevar su luz , donde la oscuridad reina y, donde la tiniebla, confunde lo malo con lo bueno .No debemos cansarnos de decirle “si” cuando, nuestro interior, nos empuje a desertar de sus sendas o a no ser valientes en nuestras decisiones. No debemos cansarnos de anunciar su Palabra que salva y, luego, llevarla a nuestra vida en primer lugar. De seguir sus pasos y sus huellas y alejarme de otras que son polvo y nada. No debemos cansarnos de regresar de caminos equivocados. De pedir perdón por los errores cometidos. De ser más humildes y menos soberbios . De caminar hacia la santidad y de luchar contra nuestra propia mediocridad.

“Verdades a medias son grandes mentiras”, dice un viejo adagio. Como dice el Papa Francisco: “la misión de Cristo es la nuestra. No podemos quedarnos de brazos cruzados o ser católicos de sacristía o de salón de estar ”

Ser bautizados exige ponerse en movimiento. Que nuestra verdad, ser cristianos, sea auténtica: sazonada por las buenas obras, animada por una confianza que nos hace dinámicos y alegres y completada por una caridad que nos convierte automáticamente en “otros cristos” que dan, lo que tienen, sin llevar cuenta de cómo y a quién lo ofrecen.

 

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