Ecos del Evangelio

31 agosto, 2017 / Carmelitas
ven y sígueme

DOMINGO XXII T.O. CICLO A 2017

El evangélico de hoy confirma lo que afirmábamos el domingo pasado: no basta hacer una hermosa confesión de fe. Las palabras, aun las más santas y bíblicas, pueden ser engañosas si no están fundamentadas en una experiencia.

Pedro había confesado a Jesús como el Mesías, hijo de Dios y es alabado por Jesús, sin embargo, ya vemos hoy-que Cristo le llama Satanás-, y es que la idea que tenia Pedro de Cristo era la de un «Mesías» para empuñar la espada y deshacerse de los enemigos de Israel, no le podía entrar en la cabeza, como no nos entra a muchos cristianos que Cristo, el Mesías, cargue con la cruz hasta dar la vida en ella por nosotros.

Yo os confieso que Pedro es un personaje que me fascina, porque a pesar de sus contradicciones, le veo como el prototipo de todo creyente cristiano. Y varios son los elementos que me llaman la atención en la fe de Pedro:

1º-Por una parte, Pedro es sincero y espontáneo en lo que dice y hace.

Pedro no sabe mentir, ni adoptar posturas exquisitas de diplomacia. En ese sentido, hubiera sido un mal intermediario moderno entre la Iglesia y los poderes públicos. Él al pan ,pan y al vino, vino. ¡Y cuanto echo a faltar esa actitud en la Iglesia de hoy!

Y es esa sinceridad la que lo salva: una sinceridad bruta, no suficientemente elaborada por la reflexión, más afectiva que racional. Por todo ello, las contradicciones son constantes en su vida: confiesa al Mesías y se opone a sus sufrimientos; saca la espada para defender a Jesús y lo niega ante una criada; es llamado para bautizar a una familia pagana (la del centurión Cornelio) y no se decide en el conflicto por la abolición de la circuncisión en los paganos bautizados, y así sucesivamente.

2º-Pedro es un santo humano, no distorsionado aún por la beatería o una falsa mística.

Ama y peca en un interminable conflicto entre su yo apasionado y su interna cobardía. Y fue esta humanidad la que cautivó a Jesús hasta el punto de colocarlo como cabeza de los Doce. Pedro no tiene grandes cualidades de mando, ni una elocuencia desbordante, no alcanzó altos grados de misticismo ni escribió páginas de ascética o espiritualidad.

Fue simplemente eso: Pedro, la eterna contradicción de un hombre sincero que no renunciaba a ser él mismo, aun cuando se decidiera a seguir fielmente a Jesús.

Es muy distinto este santo de los modelos de santos que más tarde nos pintará cierta hagiografía etérea, antihumana y misticona. Pedro come, llora, grita, discute, se enfada, pide por su suegra, increpa a los niños, se fastidia por lo que no entiende, desconfía de las mujeres propensas a ver visiones, se escabulle cuando su prestigio puede venirse abajo.

Por todo esto es por lo que digo que Pedro es el mejor prototipo del creyente cristiano, de un santo de carne y hueso que no nos deslumbra por extrañas cualidades, pero nos cautiva porque en él nos sentimos mejor representados cuando descubrimos todo lo que nosotros tenemos de Pedro: piedra bruta que aún tiene que ser cincelada por la palabra de Cristo. Efectivamente, ese Pedro recibió duros golpes de cincel por parte de Jesús, porque podía sacar de él nada menos que el fundamento visible de su comunidad.

3º- A ese Pedro, a todos nosotros en él, Jesús le dice «Niégate a ti mismo y carga la cruz; no te ames más de lo necesario porque algo debe morir en ti para que crezca la semilla del Reino.»

Y Pedro le dejó hacer al Maestro, mal que le pesara el duro reproche. Tampoco fue blanda y dócil arcilla en manos de Jesús. Nada de eso: él resiste con la dureza de su personalidad; no deja de ser lo que es, aun en el momento de cambio. No fue una ovejita dócil que se suma a la masa; pelea hasta el final por no dejar de ser Pedro, aun identificándose con Jesús.

Por eso hoy podemos rescatar la figura de Pedro, tan vilipendiada injustamente por quienes no quieren entender la pedagogía de Jesús. Pedro es la figura más criticada en todos los evangelios; es el Quijote que recibe todos los golpes; el que habla cuando tiene que callar; el que calla cuando debiera gritar.

Es que Pedro es así: es un hombre viril, bravucón, simple, humilde y servicial; consciente de la lucha interna que el Evangelio ha desencadenado en su interior. Y ese Pedro decide tomar la cruz: un día lo ceñirán y lo alzarán en el patíbulo. Y morirá a lo Pedro, quijotescamente con la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba, como la tradición lo ha interpretado.

Al seguir estas reflexiones seguramente habremos recordado momentos de nuestra vida que se dirían réplicas de la vida de Pedro. Lo vemos también en la Iglesia: sigue a Jesús «a lo Pedro», entre gritos de protesta y momentos de abandono y traición; orgullosa, criticona de los demás, dura ante la reforma que el Evangelio le propone, callada vergonzosamente ante lo que está cayendo e incapaz en occidente de ser mártir por la verdad del Evangelio.

Es nuestra Iglesia, somos nosotros, ni santos de altar ni demonios del infierno: simplemente hombres que cargan con la cruz de una humanidad débil y con ella siguen a Cristo, un poco dando tumbos, otro poco saltando o corriendo, pero siempre con un paso desparejo, dudoso, o vacilante.

A Jesús no le aterra una comunidad así; no en vano puso a Pedro como cabeza visible de su Iglesia, como haciendo constar que sabía muy bien con qué material tendría que vérselas.

4º- Pero, ¡atención!, también está el Pedro humilde, que sabe callar ante el reproche del Maestro, que acepta ser vapuleado por la palabra de Dios, que llora su pecado, que repara el escándalo, que muere por todo el rebaño.

Esto es lo hermoso de la fe cristiana: una fe para hombres comunes, de carne y hueso, que no necesitan adoptar posiciones farisaicas para parecer mejores que los demás. No es la fe que nos aplana como una apisonadora para que seamos todos iguales, para que pensemos lo mismo, digamos lo mismo y hagamos lo mismo. Jesús no buscó a un hombre blando como cabeza de su grupo; le encantó luchar contra la dureza de ese hombre que escondía debajo de su duro cascarón un corazón de niño.

El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida?

Es duro el Evangelio, es duro imitar a este Jesús que terminó sus días tan malogradamente. Pero ¡qué seductor al mismo tiempo! Se permite el lujo de pedirnos la vida, cuando sabe que quizá sólo le damos la punta de un dedo.

El camino que Jesús nos propone, no es el de los atajos que el discurso materialista nos vende machaconamente. No es aquel del escaparate del triunfo, sino aquel otro que se fragua en el escenario del servicio. No es el de la apariencia, sino el trabajar sin desmayo allá donde nadie oposita.

Para que brille el sol es necesario que el cielo esté limpio de nubes. Jesús, en el evangelio de este domingo nos advierte que para que destelle Dios con toda su magnitud en nosotros, no hemos de ser obstáculo.

El sufrimiento y la cruz, o dicho de otra manera, las contrariedades, oposición, zancadillas, sinsabores, incomprensiones, etc., lejos de rehusarlas hemos de aprender a valorarlas y encajarlas desde ese apostar por Jesús de Nazaret en un contexto social donde, se oyen más las voces de los enemigos de Dios que la labor transformadora de aquellos que creemos en Él. Porque muchos de los representantes de Cristo se han convertido en “gallinas de corral”.

5º- A Pedro no le apetecía un camino de espinas, pero ¿a quién le apetece?

Jesús nos lo adelanta. Y los primeros testigos del evangelio (apóstoles y mártires) lo vivieron en propia carne: ser de Cristo implica estar abierto a lo que pueda venir. Incluso dar la vida por Él.

Frente al pensamiento único que algunos pretenden imponernos (que dista mucho del pensamiento que Dios tiene sobre el mundo) no cabe sino ser fuertes y abrazar la cruz cuando sea necesario.

Muchos cristianos no pueden continuar haciendo como los avestruces; que cuando ven peligro a su alrededor bajan la cabeza y la esconden entre su plumaje o se resguardan con diplomacias. Nuestra fe nos exige opciones y, una de ellas, es precisamente ser fuertes ante nuestras propias realidades.

Se trata de abrazar la cruz de Cristo:

Pues su madera, bien lo sé, es escalera que conduce a la Resurrección.

Pues su altura, es altura de miras para los que creen en otro mundo, para los que esperan en Dios , para los que, cansándose o desangrándose, saben compartir y repartir en los demás.

Pues sus clavos, traspasan la carne pero no matan la fe.

Merece la pena arriesgarse por Ti, Señor.

Merece la pena sembrar en tu campo.

Merece le pena sufrir contratiempos, aunque humanamente no los entendamos.

Merece la pena porque después de la cruz, vendrá la vida, la Vida sin muerte.

 

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