Ecos del Evangelio

9 julio, 2017 / Carmelitas
Venid a mi

DOMINGO XIV T.O. CICLO A 2017

Es curioso que Jesús que acaba de fracasar en una serie de ciudades de Galilea, su patria, donde ha realizado numerosos milagros, pero no ha hecho brotar la conversión ni la fe, y sin embargo, a continuación prorrumpe en una acción de gracias: «Te doy gracias, Padre, porque estas cosas se las has revelado a la gente sencilla».

Sólo la gente sencilla, los que no tienen doblez, los de corazón ancho, los que no tiene ánimo de complicar las cosas, los que ellos mismos no están complicados con las cosas, los abiertos, los limpios de corazón, los pobres, los disponibles, etc., sólo esos acogen el Reino que Jesús anuncia.

Los sencillos son aquellos que interpretan la vida y la historia como un viaje con Dios a lo largo del cual Dios puede ir educándoles. Un viaje desde lo que son a lo que tienen que ser, con la seguridad de que, pase lo que pase, Dios siempre estará a su favor. Que ocurra lo que ocurra, siempre hacen y deben hacer una lectura positiva de los acontecimientos, que les ayudan a crecer en santidad.

«Cargad con mi yugo». Se aplicaba esta imagen a la ley judía. Sabemos que era insoportable, con sus 643 preceptos, que nadie podía cumplir, y apenas saber. Más insoportable aún por el rigor de su interpretación, como se prueba en lo relativo a las purificaciones, ofrendas y sacrificios, descanso del sábado.

Jesús se compadece de los que soportaban este yugo deshumanizador. Por eso dice: «venid a mí». Yo os quito ese yugo que os fatiga. Yo pongo sobre vuestros hombros otro yugo que os libera. Yo os quito esa carga que os deprime. Yo echo sobre vuestras espaldas una carga que os fortalece. Mi yugo y mi carga, mi ley es una sola: el amor.

Los «cansados y agobiados» son todos los que se afanaban inútilmente en el cumplimiento de la Ley y de las tradiciones de los judíos. Los fariseos imponían a la gente sencilla una farragosa lista de leyes y obligaciones que ellos mismos no podían soportar y no cumplían. De esta manera, lo único que conseguían era atormentar las conciencias y dominar sobre los que se sentían culpables. Jesús quiere ser un alivio para todos estos.

Cristo había dicho que la ley es para el hombre y no a la inversa («No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre»), y en muchas ocasiones contesta con obras y palabras al legalismo de los fariseos. Sin embargo, este alivio es a su vez un yugo, sólo que mucho más ligero, porque es el yugo único del amor. Y es «suave» porque el mismo Jesús lleva ese yugo como ningún otro.

La carga del amor. El amor es el peso menos pesado. Es peso, porque te fuerza, porque echa sobre ti los pesos de los otros, porque te compromete, te responsabiliza y, a veces, te tritura. Pero es el peso menos pesado, porque te regala una energía inmensa, porque es más fuerte que la muerte, porque te sientes feliz y gratificado. El que ama se transciende.

“Cargad con mi yugo, cargad con mi amor” “Amor meus, pondus meum». El amor es el peso de nuestro corazón. Mi amor es mi peso, pero es también mi estímulo, mi alimento, mi gozo, mi fiesta, mi perfume y mi fuerza». Luz, voz, fragancia, alimento y deleite de mi hombre interior” (San Agustín).

Esta es la única carga indispensable. Por eso Jesús, en la despedida de sus discípulos, les habla de guardar su palabra y de vivir en el amor. «El que me ama guardará mi palabra, y vendremos a él y haremos morada en él». Fijaos qué esta carga es infinita y llevadera a la vez: el que ama carga con Dios. Dios nuestro único peso y la fuerza para sobrellevar todos los pesos. Dichoso el que va siempre con esta carga divina.

Se trata, sobre todo, de cargar con el yugo de Jesús. Mejor dicho, se trata de dejarse subyugar por Cristo y el evangelio. Esta palabra -subyugar- expresa a las mil maravillas el profundo sentido evangélico de las palabras de Jesús, pues cuando el yugo es el amor, el único que puede cargar con el yugo es el enamorado.

No se trata en consecuencia de cargar con nada, sino de hacerse cargo del amor de Dios para realizarlo en y con los hermanos, con todos los hombres.

Sabéis muy bien que, para el que ama, todas las obligaciones están de más. No hace falta que nadie le diga qué tiene que hacer, pues se lo dicta su corazón. Y también sabéis que, cuando falta el amor, todas las leyes son insuficientes.

Por eso el evangelio es algo muy sencillo, tan sencillo como amar. Y por eso es sólo para gente sencilla, para los que se dejan llevar del amor: enamorarse y no especular con los sentimientos. Ser cristiano es dejarse llenar del amor de Dios y rebosarlo en los hermanos. Eso es todo.

También, Jesús, se sintió decepcionado de aquellos entendidos y sabios que no comprendían ni acogían su mensaje y que, además, intentaban imponer su modo de ver y entender la sociedad y el mundo, a los demás. Exactamente como los de ahora.

No nos tiene que asustar la coyuntura actual: el mundo opulento, caprichoso, materialista, permisivo desnortado no necesita de Dios. Nunca, como hoy, dispone la humanidad de muchísimos medios de comunicación (oral, visual y escrita) y nunca como hoy el ser humano tiene necesidad de contar sus penas y sus miserias a alguien.

¿Qué ocurre entonces? Que la gente, entre ellos muchos de nosotros, no queremos más problemas que los nuestros. Nuestras propias dificultades y yugos personales nos abruman, nos agobian y nos llevan a decir aquello de “bastante tengo con lo mío”. ¿Y esta es la actitud cristiana correcta?

¿Qué ocurrirá cuando, las generaciones del futuro, vuelvan a sentir la necesidad, el hambre o la sed de algo más que pan o fútbol, disfrute o placer, relativismo o falsa felicidad?

Ocurrirá lo que tiene que ocurrir: habrá un retorno a Dios. Porque entonces, no lo olvidemos, seguirán existiendo cristianos, hombres y mujeres, que serán un recordatorio vivo de lo que Jesús en el evangelio de este día proclama: “venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”.

¡Cuántos yugos estamos poniendo en los hombros de muchas personas! ¿Quién aliviará ese peso? ¡Cuántas falsas esperanzas estamos dejando en una sociedad maquillada por el camino fácil y el todo vale! ¿Quién resolverá las grandes soledades?

Una de las invitaciones más cordiales del Evangelio: «Venid a mí…» Una invitación conmovedora. No es complicado. Es cuestión de sencillez, de dejarse arrebatar por la persona de Cristo. Y, para que no todo quede en bellas palabras, valdría la pena meditar esta semana sobre este evangelio. Convertirlo en oración personal.

Hacer el propósito de confiar a Cristo las preocupaciones, las fatigas, los desencantos, las trabas de la vida… Aprender a encontrar algún momento diario de silencio para confiarse al Señor a través de la contemplación de su existencia reflejada en los evangelios.

Que, el cansancio que podamos sentir, lo pongamos a los pies del Señor. Y, Jesús, sabrá recomponer nuestras fuerzas gastadas día a día por Él y por su Reino.

Que en esos momentos con el señor podamos decirle:

¡Estoy cansado , Señor!

De la vida que llevo; porque siento que se me escapa entre mis manos, y no la disfruto.

De muchas palabras; porque veo que son verdades a medias y, por lo que sea, me fío más que de las tuyas.

De mis actitudes; porque no son reflejo del amor que te tengo, porque se quedan lejos de la sencillez que me pides

¡Estoy cansado, Señor!

¡Dame vida con tu Palabra!, para que descubra el sendero verdadero.

¡Dame luz con tu mirada!, para que no me confundan los que pregonan el mundo a su manera.

¡Dame alegría con tu Espíritu!, y no me quede con cara larga ante tanto suceso trágico o triste que sacuden lo más hondo de nuestra tierra.

¡Estoy cansado, Señor!

Haz que me sienta débil; para que Tú seas el fuerte.

Haz que sea sencillo; para que descubra tu belleza.

Haz que recupere el brillo de la fe; para que nunca diga “¡basta!”

Gracias, Señor; porque, siendo como soy, acercas tu hombro a mis fuerzas

gastadas por las prisas y los agobios, los vacíos y los fracasos de mi existencia.

Amén.

 

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