Ecos del Evangelio

5 enero, 2017 / Carmelitas
Venimos a adorarlo

LA EPIFANIA DEL SEÑOR CICLO A 2017

Más allá de la literalidad del evangelio, que ha dado lugar a que la fiesta de hoy-como otras tantas fiestas cristianas- sea desfigurada y mercantilizada, es imprescindible que nos preguntemos con un poco de seriedad qué enseñanza nos dar el Evangelista con este bello relato de la adoración de los Magos

El evangelista intenta contraponer dos mundos distintos: el de los que habitan en las tinieblas y el de los que habitan en la luz. En las tinieblas están el palacio de Herodes, los grandes de la época, los sumos pontífices y los letrados del país; en las tinieblas están los que dominaban y sabían la ley y la escritura.

Los entendidos, los especialistas consultados, respondieron con toda exactitud a la pregunta que, forzados por las circunstancias, les hizo Herodes. Saben con toda certeza que el llamado “Rey de los judíos” deberá nacer en Belén y en una época como la que estaban viviendo. Así lo dicen y lo aciertan. Sin embargo, no salen de la tiniebla en la que viven; su sabiduría no es capaz de ponerlos en movimiento para encaminarse hacia esa luz que anuncian, sino que, al contrario, los pone en guardia contra ella . A Herodes, esa respuesta le sirve para atacar violentamente al Rey descubierto en el que vislumbra, una amenaza para su trono y su género de vida. No sabían todos ellos hasta qué punto ese Niño iba a socavar los cimientos de la vida que disfrutaban e iba a cambiar radicalmente el curso de la historia dejando al descubierto los puntos débiles de su sistema político, social y religioso.

Frente a estos hombres, Mateo nos presenta otros que vienen de la tiniebla pero que salen de ella: hombres que tienen una inquietud que les hace salir de sus casas y de sus patrias para ir en busca de ese Rey sin rostro y sin nombre que se anuncia en el cielo y que les espera para sorprenderlos y hacer que den una lección de fe al mundo.

Porque lo maravilloso de estos magos de Oriente que caminaron hasta Jerusalén desde la oscuridad de su paganismo, es que fueron capaces de ver al Rey que buscaban en el Niño que encontraron. No hemos vuelto a saber nada más de ellos pero ningún rey de la historia, de lo que sabemos puntualmente su trayectoria desde el nacimiento hasta la muerte, ha soportado el paso del tiempo manteniendo intacta su popularidad y su lozanía como estos tres Reyes Magos que , todos los años, pasan por el mundo haciendo el milagro de compartir con los demás la alegría que vivieron en Belén.

Pero hubo algo más que alegría en aquel momento de los Magos con Jesús, hubo peligro para ellos: tuvieron que huir de los poderosos que los habían encaminado hasta Él; resultaba sumamente peligroso que volvieran a Herodes para contarle que, por fin, habían encontrado al Rey que buscaban.

Parece ser que es peligroso encontrarse con Dios y decírselo a los hombres y lo parece porque esto es así no sólo en el caso de los Magos sino en muchas ocasiones en las que los hombres ha sido y son perseguidos porque se han atrevido a decirle al mundo como es el Dios con el se han encontrado. Y es que el encuentro de Dios puede resultar sumamente comprometido y fastidioso cuando el encuentro se lleva a cabo desde la sinceridad y con la intención de buscarlo intentando aceptar todas sus consecuencias.

Y todavía, hay algo en el evangelio de hoy que me parece interesante subrayar: el hecho de que los Reyes tuvieron su Epifanía, su manifestación de Dios, porque supieron reconocer el rostro de Dios en los rasgos de un hombre-niño. Y esto quiere decir una cosa muy importante e incontestable: que si no somos capaces de encontrarnos con Dios en los hombres, no lo descubriremos nunca. Al menos no encontraremos nunca al Dios de Jesús, que no es una entelequia o un ente sólo para la especulación o la oración, sino que es Alguien vivo y cercano que nos espera agazapado en la mano del hombre que se extiende a nosotros para que la estrechemos cuando sufre o cuando goza.

Ir al encuentro de un Dios en el que sólo se piensa o al que sólo se le reza, compromete a poco; ir al encuentro de un Dios al que hay que descubrir en el hombre, sabiendo que ese hombre, porque Dios lo ha querido así, es mi hermano al que hay que amar tanto como nos amamos a nosotros mismos, es algo que acarrea consecuencias imprevisibles y, a veces, muy molestas. pero si no caminamos por esa senda es muy posible que nunca alcancemos nuestra particular y espléndida epifanía.

Podíamos hoy pedir confiadamente nuestro regalo de Reyes, podríamos renovar en nosotros la ilusión de la infancia, dejar los zapatos en la ventana o cerca de la chimenea y encontrar en ellos, a la mañana siguiente, el talante y el espíritu que hizo a los Magos salir de su casa, preguntar ansiosamente y descubrir a Dios iniciando un camino de conversión

Que el Nacimiento de Cristo fue dócil y silencioso, todos lo sabemos. Dios así lo quiso y…en propias carnes lo vivieron como nadie Jesús, José y María. Pero ¿Os habéis fijado que –los preferidos de Dios o los privilegiados por la Buena Noticia- se pusieron inmediatamente en marcha y en imparable movimiento? ¡Nada ni nadie les detuvo!

La estrella, inquieta, aguda, inteligente y protectora, no dejó de destellar radiante y divina luz para señalar la Gloria de Dios que emergía en una pobre gruta. Los pastores, aun en su pobreza, se convirtieron en millonarios acaudalados por un amor de Dios que recompensaba con creces, frías soledades e indigencias. Y para que no faltara nada, tres coronas sobre tres sienes destellaban y avanzaban en el horizonte. ¡Tres reyes en movimiento! ¡Tres reyes que, atesorándolo todo, intuían que carecían de lo más importante!

Conducidos por la estrella, tentados por Herodes y mil circunstancias, sus reinos, tronos y riquezas no fueron obstáculo alguno para alcanzar la meta deseada: ¿Dónde está el Rey de los Judíos? ¡Hemos visto su estrella y venimos adorarle!

En esta noche, los sueños y las aspiraciones de miles de niños habrán sido cumplidos por la presencia de unos Magos que, dejando año tras año palacios y comodidades, se cuelan por balcones y ventanas para traer sus presentes. Pero ¿qué obsequio es el más caro, el más codiciado y guardado por los Reyes Magos? ¿Qué regalo, con disgusto de estos regios personajes, queda con frecuencia y en abundancia en los almacenes de sus reinos?

¿Queréis saberlo? ¡El regalo de la fe! ¡El regalo de la esperanza! ¡El regalo del amor a Dios! ¡Regalos que muy pocos piden o pedimos! Qué gran testimonio el de aquel padre. Cuando su hijo le leía en alto la carta que había escrito a los Reyes Magos, le señaló con cariño: ¿No has pedido amor para tus padres? ¿No les dices nada de que vas hacer la comunión este próximo año? ¿No les hablas de tu abuelo que se encuentra enfermo? ¿No le pides nada para tu amigo, de esa familia pobre que vive aquí al lado?

El resplandor de los Magos fue la estrella. El premio fue contemplar cara a cara al Señor. El detalle, ofrecerle sus sagrados dones en incienso, oro y mirra. Y, el compromiso como heraldos de lo que vieron y oyeron, fue –una vez en sus respectivos reinos- testimoniar al REY DE REYES.

Que nosotros, como los Reyes, nos movamos por aquello que merezca la pena. Que solicitemos de su magnanimidad obsequios que nos hagan ricos por dentro y no juguetees en manos de muchos por fuera.

Un obsequio que podíamos pedirles, y permitidme que os lo diga con total franqueza, es el de manifestar públicamente, sin miedo ni vergüenza lo que sentimos por Cristo. Lo que apreciamos, si es que de verdad le seguimos.

Ellos ofrecieron sus cofres a rebosar de oro, incienso y mirra. Todos tenemos un gran cofre en el interior de cada uno: Un corazón que debe darse, ofrecerse, y entregarse por lo demás.

¡Me gustan estos Reyes en movimiento! Fueron soñadores, idealistas, aventureros, emprendedores. No repararon en lo que dejaban atrás. Ante Herodes se mostraron valientes y decididos y…cuando se percataron de la estrella…no dudaron en creer que era cosa de Dios y, como niños, corrieron –no sé si en camello o dromedario- al encuentro del que era un Niño-Dios.

Bienvenidos sean estos regios personajes que, después de emprender su aventura y de regresar a sus respectivos dominios, nos hacen caer en la cuenta que, después de la Navidad, hemos de retornar a nuestras vidas por caminos opuestos a la apatía, la vergüenza, la falta de fe, el pesimismo, el poderío, la doblez, el orgullo o el cansancio.

¡Dios ha hablado por Jesús, y de que manera! ¡Ahora se trata de que no permitamos que nadie apague su voz! ¡Seamos, también nosotros, pancarta de lo que en estos días ha ocurrido en Belén! ¡Ha bajado el amor de Dios y…ha de marchar y multiplicarse con nosotros en nuestros pequeños o grandes reinos!

¡OJALA FUERA MELCHOR! Y decirte que, como Rey, mereces ya no sólo el oro sino que toda rodilla se doble ante el AMOR. ¡OJALA FUERA GASPAR! y con el perfume del incienso pudiera perfumar a todos los hombres que todavía desconocen la noticia de tu Nacimiento. ¡OJALA FUERA BALTASAR! para ofrecerte la debilidad de lo que somos.

Te doy gracias, Señor, porque –sin ser rey- he visto una estrella. Una estrella que, en la noche oscura, me ha invitado a seguirte, incluso en las horas amargas. Una estrella que ha hecho posible el que yo, hombre y débil, me postre ante Ti con la misma fe y con la misma emoción de aquellos Reyes Magos.

Haz Señor, que después de haberte contemplado y rezado Después de haberte ofrecido mi pobreza, vuelva a mi hogar con la firme promesa de que tu nombre sea conocido, amado y publicado por todos los confines de la tierra.

Esta es la tarea de todo aquel que quiera ser verdadero seguidor de Cristo. ¡Por lo menos la mía, lo es!

 

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