Ecos del Evangelio

4 mayo, 2018 / Carmelitas
VI Domingo de Pascua Jn 15,9-17

Me amó y se entregó por mí

 

Del Evangelio de hoy podemos destacar tres aspectos fundamentales:

 

1. «Como el padre me amó, yo también os he amado a vosotros, permaneced en mi amor» (Jn 15,9).

«Como el Padre me ama a mí, así, os he amado yo». En su pequeñez y humildad, Jesús se ha abajado hasta nosotros para comunicarnos el amor del padre en la misma medida en la que él lo ha recibido.

Así como el amor del Padre por el Hijo es infinito, eterno, total, incondicionado, así también es el amor de Jesús por nosotros. El como indica la naturaleza y el fundamento mismo del amor cristiano que surge y se alimenta del amor trinitario.

«Permaneced en mi amor». En aquel amor, nos dice Jesús, en el que yo he entregado mi vida para que también vosotros podáis entregaros los unos a los otros venciendo vuestra soledad y dispersión, vuestra turbación y vuestro miedo.

La expresión en mi amor más que el amor de los discípulos por Jesús, indica el amor de Jesús por sus discípulos. Permanecer en al amor de Jesús es la mayor fuente de alegría que el hombre puede experimentar ya aquí y ahora.

 

2. «Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12).

Jesús no dice: Como yo os he amado a vosotros, también vosotros tenéis que amarme a mí. Sino, también vosotros debéis amaros los unos a los otros. Más aún, amaros con el mismo amor con el que yo os he amado. Amarnos con el amor de Jesús significa tener en nosotros sus mismos sentimientos: de humildad y de tenacidad, de obediencia y de coraje, de servicio y de sacrificio.

Amar de esta manera es posible «[…] Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado» (Rm 5,5). Por tanto, es el Espíritu del Señor el que hace posible el mandamiento más grande: el del amor a Dios y al prójimo. En nosotros está el dejarnos impregnar del amor del Señor, para que este mismo amor llegue por entero a cuantos circundan nuestro entorno.

Amar al otro es pensar en él, buscar su bien, aunque ello suponga, no pocas veces, dolor y sacrificio. El amor por el prójimo ha de expresarse en gestos concretos, de lo contrario, corremos el riesgo de quedarnos en palabras elocuentes, pero vacías de contenido.

 

3. «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Jn 9,13).
En las relaciones humanas la amistad se establece entre dos personas que están en el mismo plano. Esto es verdad para la amistad de Jesús con sus discípulos, si se tiene en cuenta que es Él quien los eleva desde el nivel de esclavos al de amigos.

La diferencia entre lo uno y lo otro es la comunicación. Entre el siervo y el amo no hay comunicación. En cambio, Jesús comunica y revela a sus discípulos lo que ha oído del Padre, lo cual les hace partícipes de su relación íntima y filial con el Padre.

Jesús eleva a los discípulos a su nivel con una iniciativa gratuita y soberana, y les ha escogido con una finalidad muy precisa: encomendarles una misión estable y duradera.

Es así como Jesús nos elige, dando la vida por nosotros, nos transforma dándonos un corazón nuevo que nos permite dar fruto. La prueba de su amor es la cruz. Mirando la cruz podemos decir con San Pablo: «[…]Me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2,20).

El amor gratuito de Dios, que nos precede y que Jesús nos hace conocer dando su vida por nosotros, es el fundamento de nuestra posibilidad de amarnos, venciendo en nosotros el mal y el pecado.

La misión del discípulo de hoy y de todos los tiempos consiste ante todo en permanecer en ese amor y en dar testimonio de Él.

 

Hna. Teresa Botello Martínez CSJ

 

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