Ecos del Evangelio

1 abril, 2021 / Carmelitas
VIACRUCIS – 2021 – CON OCASIÓN DEL CORONAVIRUS

VIACRUCIS

 

La crisis de la PANDEMIA de COVID 19 nos hace reflexionar sobre una de las cruces con la que los seres humanos hemos de cargar a lo largo de nuestra vida: la cruz de la enfermedad. En este caso, está trastocando simultáneamente todos los ámbitos de la existencia humana: el personal, el familiar, el social e incluso el mundial.

 

Otros años, con el rezo del Vía Crucis acompañábamos a Jesús en su camino de la cruz hasta el Calvario, lugar de su muerte dolorosa y redentora. En este año, vamos a dejarnos acompañar por Jesucristo en nuestro propio camino de cruz, con la confianza de que, al ser acompañados por Él, seremos reconfortados, pues es Dios quien, encarnado en Jesús de Nazaret, ha tomado sobre sí nuestras dolencias para sanarnos con las tremendas heridas que el Vía Crucis trae a nuestra memoria en cada una de las estaciones, en cada uno de esos pasos en los que el dolor nos hace vacilar, pero que, por la fuerza de Dios, están encaminados hacia la gloria.

 

El Vía Crucis de Jesús, ha sido la respuesta que Dios ha dado a nuestras preguntas sobre el mal. En Jesús, Dios desciende voluntariamente al misterio del mal y de la muerte en su aspecto más cruento, para interponerse entre la nada y nosotros. En Jesús, Dios desciende para hacernos sentir que, en lo más profundo del ser humano, no existe el vacío sino el amor, y que el amor salva. Si la muerte no pudo con Él, ya no podrá con ningún ser humano. Éste es el mensaje que el Vía Crucis nos transmite en medio de la angustia que padecemos.

 

Oración inicial:

Señor Jesús, angustiados y, sin embargo, con esperanza, nos disponemos a dejarnos acompañar por ti en este camino de cruz que estamos recorriendo a causa de la pandemia del corona virus. Ayúdanos a revivir tu camino de la cruz para que nos demos cuenta de que no andamos solos. Que cada uno de tus pasos dolorosos sea bálsamo para nuestro dolor y hálito de esperanza en medio del desconcierto que nos oprime.

 

 

 

PRIMERA ESTACIÓN: Jesús es condenado a muerte

 

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Si has sido una persona contagiada por el virus, si estás cerca de alguien de los tuyos que ha estado infectado, Jesús fue condenado y tenido por leproso y blasfemo, mírale a Él.

 

Lectura bíblica: Pilato les preguntó: ―Y ¿qué hago con Jesús, a quien llamáis el Mesías? Contestaron ellos: ― ¡Que lo crucifiquen! Pilato repuso: ―Pero ¿qué ha hecho de malo? Ellos gritaban más y más: ― ¡Que lo crucifiquen! Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de mandarlo azotar, lo entregó para que lo crucificaran.

 

Meditación: ¡Sea crucificado! Este grito, multiplicado por la ciega pasión de la multitud, resuena a lo largo de la historia. ¡Cuántos inocentes son hoy condenados a muerte! Innumerables son los condenados a morir de hambre o por el subdesarrollo, a morir en una guerra que ellos no iniciaron, a morir por el terrorismo, por el descarte y el abandono, por no permitirles nacer o por decir la verdad y defender la justicia.

 

De esta condena no son sólo responsables aquellos judíos; también lo es la multitud anónima que ante el dolor de los inocentes mira hacia otro lado y prefiere a Barrabás, símbolo de quien devuelve mal por mal. O tal vez nosotros.

 

Ahora somos nosotros los que tememos haber sido condenados a esa muerte furtiva, agazapada tras el corona virus. Y es Jesús quien quiere acompañar nuestra angustia y ese no saber qué va a ser de nosotros. Él, que ha vivido la angustia de una condena injusta, es capaz de compadecerse de nosotros y abrirnos caminos de esperanza.

 

Oración: Señor nuestro Jesucristo, que fuiste condenado injustamente, te pedimos por todos nosotros, que expuestos al virus y otras enfermedades y peligros, nos sentimos “condenados” a causa de la fragilidad y limitaciones de nuestra naturaleza humana. Haz que, en esta hora penosa de nuestra vida, sintamos la cercanía de tu compasión y la esperanza de que nuestra existencia está siempre en las manos del Padre. Perdona también nuestra insensibilidad ante el dolor ajeno y nuestra escasa responsabilidad hacia el resto de los hermanos. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. Padre nuestro…

 

SEGUNDA ESTACIÓN: Jesús carga con la cruz

 

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.  Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Si tú has sido hospitalizado, o alguno de los tuyos lo ha estado, y has sentido el peso insoportable de la prueba, de la cruz del virus, mira a quien cargó con nuestros sufrimientos.

Lectura bíblica: Los soldados del gobernador llevaron a Jesús a la residencia y reunieron alrededor de él a toda la compañía. Lo desnudaron y le echaron una túnica roja por los hombros; le pusieron en la cabeza una corona de espinas y una caña en la mano derecha. Después, hincándose de rodillas delante de él, le hacían burla, gritando: —¡Viva el rey de los judíos! Y le escupían y le golpeaban con la caña en la cabeza. Después de haberse burlado de él, le quitaron la túnica, le vistieron otra vez con sus propias ropas y se lo llevaron para crucificarle.

 

Meditación: Jesús, la burla te consagra como rey. Ahí estás revestido con la púrpura de los reyes, la cabeza coronada, el cetro en la mano. Pero la púrpura es la de tu sangre y la sangre inocente que corre derramada por el mundo. Tu corona está hecha de espinas que el suelo, maldito por los egoísmos de la humanidad, hace crecer inmisericorde.

 

El cetro es una caña enhiesta en tu mano. Y, no obstante, quienes se burlan de ti, sin saberlo, dicen la verdad: tú eres el rey de los judíos. Tal vez algún día lo sabrán, y la muchedumbre te reconocerá rey del universo. Pero ahora sufres el desprecio y la humillación que degrada tu condición de ser humano.

 

Confinados en nuestras casas, impedidos para llevar el género de vida que concuerda con nuestra dignidad, nos vemos obligados a tomar la cruz de prevenir la enfermedad, que nos amenaza. Tú, que cargaste con la cruz injustamente y dijiste “dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien por mi causa”, ayúdanos a soportar con paciencia esta cruz de la pandemia y haz que aborrezcamos para siempre cualquier tipo de humillación que amenace la dignidad de nuestros hermanos.

 

 

Oración: Hermano y Señor nuestro Jesucristo, que cargaste con el desprecio de ser contado entre los malhechores y la humillación de llevar la cruz hasta el lugar del suplicio, danos valor y paciencia para cargar con la cruz de la pandemia y sus consecuencias. Da a quienes están hospitalizados y sus familiares fortaleza para cargar con el peso de la enfermedad.

 

Danos rectitud de corazón para no humillar a nuestros hermanos con ningún acto que hiera su dignidad. E ilumina a quienes han de cargar con la cruz de gestionar esta crisis buscando el bien común de todos, para que sus decisiones sean acertadas. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.  Padre nuestro…

 

 

TERCERA ESTACIÓN: Jesús cae por primera vez.

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. ♦ Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Si en esta situación de la pandemia te acosa la tentación de la desesperanza, de la angustia, y hasta de la depresión, mira a Jesús, que ha caído en tierra, y levántate como Él.

Lectura bíblica: Y añadió Jesús: «Este Hombre tiene que sufrir mucho, ser reprobado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, tiene que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Quien quiera seguirme, niéguese a sí, cargue con su cruz cada día y venga conmigo. Quien se empeñe en salvar su vida la perderá; quien pierda su vida por mí la salvará. ¿Qué aprovecha la hombre ganar el mundo entero si se pierde o se malogra él?»

 

Meditación: Después de la angustia sufrida por Jesús en Getsemaní que le hizo sudar sangre; después de la interminable noche en las dependencias del Sanedrín soportando un juicio amañado desde el principio; después del ir y venir del Pretorio al palacio de Herodes como moneda de cambio que nadie quiere; después del castigo de la flagelación y las burlas de los soldados; después de cargar con una cruz insoportable, las fuerzas le abandonaron y cayó por tierra.

 

Mejor sería terminar allí mismo, pero aún quedaba camino por recorrer; aún faltaba algo por cumplir. Y a duras penas se levantó para seguir hasta el final. Le pesan al Señor nuestras vidas. Le pesan tantas atrocidades contra el ser humano. Le pesan nuestras deserciones y nuestro pesimismo, le pesa la falta de voluntad política y social, y las complicidades para acabar con el hambre y con todo lo que oprime y mortifica a tanta gente inocente: niños privados de su infancia, mujeres maltratadas y prostituidas, gentes descartadas porque no interesan…

 

Cansados por la monotonía y atemorizados por la inseguridad, sentimos la tentación de dejarnos llevar por el desánimo o de huir hacia adelante sin tomarnos en serio las normas que preservan nuestra seguridad y la de los que nos rodean. Tal vez deseamos terminar de una vez, en lugar de seguir luchando.

 

Acompáñanos, Jesús, en este camino doloroso, tú que fuiste capaz de levantarte después de haber tropezado bajo el peso insoportable de la cruz. Que tu ejemplo y tu cercanía nos sostengan.

Oración: Señor Jesús, que sigues junto a nosotros cuando estamos pensando en “tirar la toalla”; fortalece nuestra débil voluntad para que seamos capaces de levantarnos cuando estamos cansados; de seguir luchando por hacer el bien cuando nos abruma la corrupción que vemos todos los días; de evitar siempre todo lo que oprime y mortifica a la gente inocente. Y conforta nuestro ánimo para que nunca se deje vencer por la desesperanza o por la frivolidad. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Padre nuestro…

 

 

CUARTA ESTACIÓN: Jesús encuentra a su Madre.

 

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.  Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Si has tenido algún familiar contaminado, y no has podido acercarte a verlo. Si has estado aislado en tu propia casa, sin poder demostrar tu cercanía, contempla el dolor de María ante su Hijo en la Vía Dolorosa, sin poderse acercar a Él.

Lectura bíblica: Simeón los bendijo y anunció a María, la madre del niño: —Mira, este niño va a ser causa en Israel de que muchos caigan y otros muchos se levanten. Es un signo de contradicción puesto para descubrir los más íntimos pensamientos de mucha gente. En cuanto a ti misma, una espada te atravesará el corazón. Pues así dice el Señor: —Reprime tus sollozos, enjuga tus lágrimas, tu trabajo será pagado, volverán del país enemigo.

 

Meditación: María, mujer fuerte y lúcida, tu consentimiento hace libre nuestra libertad. Si tú no hubieras aceptado ser la madre de Jesús, la Palabra viviente de Dios no se que hubiera pasado. Pero tuviste el valor de decir: «Que suceda como has dicho». María, tú eras una joven, casi una niña, de Galilea. Entonces no podías comprender todo lo que estaba pasando, y tu rostro se tornaba serio y dulce cuando en silencio meditabas tales anuncios.

 

Ahora te cruzas con tu hijo, abatido bajo el peso de la cruz, y recuerdas sus últimas confidencias, cuando -tal como las imaginó el poeta Martín Descalzo en “Diálogos de Pasión”- le dijiste: «Yo, hijo, esperaba que el hombre entendería y que habría un atajo para salvar sin muerte», a lo que él te respondió: «Eso no es posible, madre. El mal es duro. Y sólo a golpes de auténtico dolor puede resquebrajarse.

 

No basta simular un combate y decirte: “Mañana resucitaré”, como quien traga un vaso de ricino. No. Morir es morirse, sin trampa ni cartón, sin tramoyas teatrales o pensando: “Bebámoslo, mañana vendrá el sol”. Hay que entrar en el túnel a contra corazón, creyendo (pero sin saberlo) que hay luz al otro lado».

 

Has seguido a Jesús por el camino de la cruz, con una espada en el corazón. También nosotros tenemos en esta situación clavada la espada de la angustia en nuestros corazones. Tú, madre fuerte y dulce a la vez, sostén nuestro ánimo en estos amargos días; haz fecundo nuestro sufrimiento para que, cuando salgamos de este túnel, seamos más hermanos, mejores ciudadanos y dóciles discípulos de tu hijo.

Oración: Ruega por nosotros, amorosa Madre, para que tu Hijo no nos abandone. Ruega por las madres de los que están enfermos, para que no se dejen vencer por el desánimo; ruega por las madres, esposas, esposos e hijos del personal sanitario y de servicios, para que no se vean paralizados por el miedo. Ruega por todos nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. Te lo pedimos por tu hijo querido, Jesucristo, que ya vive y reina por los siglos de los siglos. Amén. Dios te salve…

 

QUINTA ESTACIÓN: Jesús es ayudado por el Cirineo

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. ♦ Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Si eres profesional de la medicina, si perteneces a los destacados para poner tus manos en el dolor y en la enfermedad, en la soledad y el aislamiento, eres como el Cirineo.

Lectura bíblica: Por el camino encontraron a un hombre que volvía del campo, un tal Simón, natural de Cirene, padre de Alejandro y Rufo, y le obligaron a cargar con la cruz de Jesús. Dirigiéndose a sus discípulos, Jesús añadió: —
Si alguno quiere ser discípulo mío, deberá olvidarse de sí mismo, cargar con su cruz y seguirme.

 

Meditación: Simón procedía del lejano Cirene, quizá era un inmigrante. Lo cierto es que era un campesino, como precisa San Marcos; un número más entre la gente, uno de aquellos considerados ‘malditos’ por los fariseos, porque no conocía bien la Ley.

 

Volvía del campo con ganas de descansar junto a su mujer y sus dos hijos, y nada sabía de lo ocurrido en el Sanedrín y en el Pretorio; seguramente, nunca había hablado con Jesús de Nazaret. Un soldado romano, consciente del agotamiento del reo, se fijó en Simón, porque era de brazos robustos y espaldas anchas, y, además, era uno de esos despreciables hebreos sobre los que tenía autoridad para tratarlos como esclavos.

 

Simón obedeció porque había que obedecer; tomó sobre sí el madero del hombre extenuado: un harapiento como él, aunque más desgraciado. «Será ―pensó― un bandido o un alborotador». Pero acaso un furtivo cruce de miradas abrió su corazón a la compasión, a una pasión compartida. Seguramente, Simón se hizo cristiano, pues sus dos hijos, Alejandro y Rufo, no eran desconocidos para la comunidad a la que Marcos escribió su evangelio.

 

Hay ocasiones en las que el destino nos interpela, una cruz se nos impone, un grito de auxilio del que no es posible huir nos apremia. Esas ocasiones pueden cambiar la vida de arriba a abajo, como le ocurrió a Simón de Cirene.

 

Esta pandemia, que se ha cruzado en nuestras vidas está obligando a muchos a llevar la cruz de otras personas, nos está obligando a todos a cargar con la cruz del aislamiento y del temor. ¿No será también la oportunidad que Dios pone en nuestro camino para reorientar la vida personal y comunitaria?

Oración: Señor Jesucristo, que miraste a los ojos a Simón de Cirene, cuando te prestó su ayuda, y premiaste su compasión; te pedimos por todos los profesionales sanitarios y por todo el personal de los servicios públicos, que hoy son los “cireneos” eficaces, que ayudan a los infectados por el corona virus, muchas veces con riesgo de su salud y de su vida.

 

Protégelos, cuida a sus familias y ayúdales a descubrir, en esta hora difícil, que su generosidad no quedará sin recompensa. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Padre nuestro…

 

SEXTA ESTACIÓN: La “Verónica” enjuga el rostro de Jesús.

 

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Si eres uno de los voluntarios, que se ha ofrecido para enjugar el dolor del que sufre, siente el gozo de llevar en tus ojos el rostro que se imprimió en el velo de la Verónica. Gracias.

Lectura bíblica: Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombre, como un hombre de dolores acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado. Anda ― dice mi corazón ―, busca su rostro. Y yo busco tu rostro, Señor; no me escondas tu rostro; no rechaces con ira a tu siervo, tú que eres mi auxilio, no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.

 

Meditación: Se decía entonces, que un esclavo era un “sin rostro”, y he aquí que «el más bello de los hijos de los hombres» es un pobre esclavo torturado, tanto menos presentable cuanto más se le tortura.

 

Así es como Jesús se ha identificado con todos los “sin rostro” de la historia, con aquellos cuyos rostros han sido desfigurados por los golpes de una agresividad ciega y creciente; con aquellos a los que la droga ha robado el alma y la conciencia; con quienes son deseados sin ser amados…; con todos aquellos a quienes se les roba la infancia y la juventud con el espejismo de una falsa felicidad.

 

Sólo una mujer, criatura de ternura y compasión, con un decidido gesto de valentía, ha limpiado tu rostro Jesús, tratando de quitarte esa máscara de sudor, sangre y salivazos. Tu santo rostro, Señor, ha quedado impreso en el velo de “Verónica”, y ese será su nombre para siempre.

 

¡Cuántas personas sin nombre, en este tiempo duro de la pandemia, limpian el sudor de la enfermedad de muchos rostros! ¡Cuántos son los que se están ocupando de que los rostros de los “sin techo” encuentren cobijo! ¡Cuántos los que descubren tu rostro, Señor, en aquellos a quienes ayudan a salir de esa espiral de destrucción hacia la que han sido arrastrados por gentes sin conciencia!

Oración: Jesús hermano, Jesús Señor, que miraste con inmenso agradecimiento a aquella mujer valiente, que limpió tu rostro. Escucha nuestra oración por todos los voluntarios, que aportan su tiempo, su esfuerzo y sus personales habilidades para aliviar las muchas necesidades que la pandemia ha hecho aflorar. Ayuda también a quienes se están empleando a fondo para devolver al rostro de los niños y jóvenes una sonrisa limpia y esperanzadora. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. Padre nuestro…

 

SÉPTIMA ESTACIÓN: Jesús cae por segunda vez

 

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

Si te oprimen las noticias de los que especulan, de los que mienten, de los que se aprovechan del dolor ajeno, en medio de esta pandemia, mira a Jesús, que no cede y se levanta, hazlo tú con gestos sinceros que animen y den esperanza.

Lectura bíblica: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto».

 

Meditación: A pesar de la ayuda del Cirineo, Jesús vuelve a caer. Le faltan las fuerzas. Ya le faltaron en Getsemaní, cuando tuvo que ser reconfortado por el ángel. Le faltan las fuerzas, pero no le falta el ánimo. Y se pone en pie y sigue adelante, hacia el Calvario, hasta la cruz.

 

Son muchos los que, golpeados reiteradamente por la vida, ya no se levantan ni quieren seguir luchando. Marcados por la desgracia, se vuelven escépticos y amargados. Los que, atenazados por el vicio, desesperan. Son muchos también los que intentan levantarse pero no pueden, porque el peso es superior a sus fuerzas o la bota del opresor los aplasta.

 

Durante el tiempo en que llevamos a cuestas la pandemia, han llegado a nuestros móviles noticias de todo tipo: algunas nos ayudan a mantener encendida la llama de la esperanza y alimentado el ardor de la caridad. Pero también llegan sugerencias irresponsables que banalizan la situación, noticias que especulan o mienten e, incluso, se aprovechan del dolor ajeno. Mira a Jesús que no cede y se levanta de nuevo. No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal a fuerza de bien.

 

Oración: Señor Jesucristo, te pedimos que nos ayudes para que el peso de los días y las horas, que se suceden con tozuda machaconería, no nos abrume y el miedo, la histeria y la desesperanza no nos aplaste. Que al verte de nuevo en pie, abrazando la cruz, aumente en nosotros la serenidad para afrontar con paz esta situación de emergencia, y nos proporcione la lucidez que necesitamos para discernir el grano de la paja. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. Padre nuestro…

 

 

OCTAVA ESTACIÓN: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.

 

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos… Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

A ti, madre, hermana, trabajadora, ama de casa, acoge la mirada de Jesús y convierte tu lamento en gestos solidarios, entrañables, amorosos, que tanto ayudan en esta situación que padecemos. Tú mujer, que brote de tu corazón, lo que sólo una mujer sabe hacer para el bien de los que le rodean Gracias.

Lectura bíblica: Detrás iba también mucha gente del pueblo y mujeres que lloraban y se lamentaban. Jesús, en cierto momento, se volvió a ellas y les dijo: —Mujeres de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad, más bien, por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque vienen días en que se dirá: “¡Felices las estériles, los vientres que no concibieron y los pechos que no criaron!” Porque si al árbol verde le hacen esto, ¿qué no le harán al seco?

 

Meditación: Jesús, nunca tuviste enemigos entre las mujeres. Una desconocida derramó sobre tu cabeza un precioso perfume, una prostituta bañó con sus lágrimas tus pies y los secó con sus cabellos. Te parecía bien que María se quedara embelesada escuchando tus palabras y diste la razón a Marta, que te reconoció como el Cristo, el Hijo del Dios vivo.

 

Una mujer cananea tuvo tanta confianza en ti que te sentiste obligado a decirle: «Mujer, qué grande es tu fe; que te suceda como deseas». Y otra, que llevaba doce años con hemorragias que nadie sabía curar, tocó furtivamente tu manto convencida de que sanaría…Ahora, cuando caminas hacia el Calvario, un grupo de mujeres rompen las normas que prohibían hacer duelo públicamente por los ajusticiados, y te acompañan llorando. Y aún tienes ánimo para agradecer su gesto y decirles: «llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos».

 

El mundo está empapado con las lágrimas de las madres que han perdido a sus hijos por el sinsentido del terrorismo y de las guerras. El mundo está empapado con las lágrimas de las madres, cuyos hijos les han sido robados por la droga, el dinero o el hambre. El mundo está empapado por la sangre de tantas mujeres masacradas por la violencia y la incomprensión de sus parejas. En muchos rincones de nuestra tierra lloran ahora las madres y esposas a las que la enfermedad ha arrebatado a sus hijos, esposos y seres queridos… Y el Señor, aplastado por el peso de todas esas cruces que cada día se descargan sobre sus hombros, las mira con dolor y compasión y quiere decirles que no están solas, que Él también las acompaña a ellas.

 

Oración: Acoge, Señor, los esfuerzos diarios de tantas madres, hermanas, trabajadoras, amas de casa, que se sienten abrumadas por el trabajo y la incomprensión, para que sus lamentos den paso a gestos solidarios y entrañables. Da a las madres de tantos hijos muertos por la injusticia, el consuelo de que los verán resucitados. Calma la tempestad de esta pandemia y haz que vuelva a nuestros hogares la confianza. Envíanos tu Espíritu para que logremos dar a luz una nueva tierra en la que habiten la paz y la justicia. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. Padre nuestro….

 

NOVENA ESTACIÓN: Jesús cae por tercera vez.

 

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.  Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Si ves cómo se derrumba tu negocio, y se quiebra tu economía. Si das por perdido todo tu esfuerzo, no deseo decirte palabra de compromiso, pero quizás sientas junto a ti una mano tendida. Mira a Jesús que vuelve a levantarse. No te hundas, lucha hasta la extenuación, espera, espera en el Señor. Llora, quéjate, pero espera en el Señor.

Lectura bíblica: Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: «Seguro que tú también eres de ésos, pues tu habla te delata». Entonces él empezó a imprecar y jurar: «No conozco a ese hombre». Y enseguida el gallo cantó. Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había advertido: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces».

 

Meditación: Y saliendo afuera lloró amargamente.: A Jesús le pesaba el odio de los escribas y fariseos, que venían tramando su muerte, le pesaba también que la masa del pueblo, siempre manipulable, hubiera olvidado el entusiasmo de aquellos días en los que pregonaban que todo lo hacía bien; pero seguramente le pesaba más la deserción de sus discípulos y las negaciones de Pedro.

 

Y, como verdadero hombre que también era, le costaba aceptar el silencio de Dios en estos momentos. ¡Demasiado peso para que no vacilase de nuevo con la cruz a sus espaldas!

 

Las consecuencias de la crisis sanitaria y de las medidas de confinamiento que vivimos también pesan de muchas maneras sobre no pocos emprendedores y pequeños empresarios, que ven cómo se derrumba su negocio. Y sobre los responsables de la economía, que temen los efectos de una recesión de consecuencias impredecibles. Y pesa con angustia sobre tantos obreros que han perdido su trabajo, o amenazados de quedarse sin trabajo.

 

En esta repetida caída, Jesús nos acompaña en medio del temor; su debilidad sana nuestra fragilidad y nos da ánimo para no abandonarnos a la desesperanza. Su mirada sanó la debilidad de Pedro; su mirada quiere sostener nuestra esperanza en esta hora.

 

Oración: Mira, Señor, la angustia de quienes están atemorizados ante los previsibles daños colaterales de esta crisis, y de quienes ven amenazados sus medios de trabajo y subsistencia para ellos y sus familias. Sostén su ánimo para que, cuando llegue el momento, logren echar a andar de nuevo, sin desesperarse al ver derrumbado lo que con tanto esfuerzo habían construido. Tú, Señor, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Padre nuestro…

 

 

 

DÉCIMA ESTACIÓN: Jesús es despojado de sus vestidos.

 

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. ♦ Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Si te has sentido despojado, porque te ha alcanzado el virus, y has estado desnudo y solo en una habitación, o en cuarentena, te invito a que mires a Jesús, quien desnudo y solo, dio su vida por amor a todos.

Lectura bíblica: Entonces los soldados, cuando crucificaron a Jesús, tomaron sus ropas, hicieron cuatro partes y se las repartieron. Pero la túnica, como no tenía costura, sino que estaba tejida de una pieza, se dijeron: no la rompamos, sino echémosla a suertes. Y así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y sortearon mi túnica».

 

Meditación: El Hijo de Dios, al asumir la naturaleza humana, se despojó de su condición divina, se despojó de sí mismo, y aceptó ser tomado como uno de tantos. Renunció a todo aquello que es deseado como meta para de la vida: los honores, el respeto, las riquezas… Nació como hijo de unos pobres viajeros en el azar de un viaje, y le acogieron las tibias pajas de un pesebre. Mientras recorrió los caminos de Palestina, muchas veces no tuvo donde reclinar su cabeza. Y cuando su vida estaba llegando al límite, se repartieron sus vestidos, lo único que le quedaba.

 

El expolio de Jesús no ha terminado; ha seguido a lo largo de los siglos y continúa en nuestros días, porque «todo lo que hacéis a uno de estos, mis humildes hermanos, me lo hacéis a mí»: niños a los que se les quita la inocencia; mujeres a las que se les roba su dignidad; ancianos perdidos en la soledad anónima de las ciudades; campesinos a quienes se les quitan sus tierras; y tantos otros que han perdido su alegría y su canción.

 

Corremos el riesgo de que la pandemia nos quite la esperanza. Miremos a Jesús despojado de todo y dejémonos arropar por Él en estos momentos de vaciamiento; no estamos solos, Él también sufrió el despojo de todo y, sin embargo, ha sido revestido de gloria. Sus heridas pueden curarnos.

 

Oración: Hermano nuestro Jesucristo, que antes de morir fuiste despojado de toda dignidad, imploramos que tu mirada compasiva conforte a quienes el virus ha despojado de la compañía de sus seres queridos y se ven abocados a vivir en soledad las lentas horas de su enfermedad. Infunde en el personal sanitario la humanidad necesaria para cuidarles con eficacia y con amor. Concede sabiduría y acierto a los investigadores, que buscan con ahínco el remedio de la enfermedad. Tú, Señor, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. Padre nuestro…

 

UNDÉCIMA ESTACIÓN: Jesús es clavado en la cruz.

 

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.  Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Si has estado en la UCI o aislado. Si has estado sin poder salir de casa, sujeto. Si te has sentido clavado y solo, mira al Crucificado. No deseo oprimirte más, pero Cristo hace suyo nuestro dolor y lo transforma en redención.

Lectura bíblica: Cuando ya le habían crucificado, los soldados se quedaron allí sentados para vigilarle. Los que pasaban le insultaban, y, meneando la cabeza, decían: —¡Tú que derribas el templo y en tres días vuelves a edificarlo, sálvate a ti mismo! ¡Baja de la cruz si eres el Hijo de Dios! De igual manera, los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y los ancianos se burlaban de él, diciendo: —Ha salvado a otros, pero no puede salvarse a sí mismo. Que baje ahora mismo de la cruz ese rey de Israel y creeremos en él.

 

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, María la mujer de Cleofás, que era hermana de su madre, y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y, junto a ella, al discípulo a quien tanto quería, dijo a su madre: —Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dijo al discípulo: —Ahí tienes a tu madre. Y, desde aquel momento, el discípulo la acogió en su casa.

 

Meditación: El Maligno ya había tentado a Jesús en el desierto para que realizase prodigios fascinantes con los que convencer a la gente de su poder divino. Jesús lo rechazó con frase tajante: «No tentarás al Señor tu Dios», porque el poder divino es el poder del amor, no de la fuerza. En este momento supremo de su existencia terrena, lo tienta de nuevo por boca de la gente y de los jefes del pueblo: «Si eres hijo de Dios, baja de la cruz».

 

Ni Dios, ni Jesús podían acceder a esta provocación, porque aquella muerte ignominiosa y tremenda era la prueba de otra cosa: de que amaban y siguen amando a la humanidad hasta el extremo. Junto a la cruz estaba la Madre dolorida y dolorosa, el amigo y discípulo Juan y dos mujeres, las únicas personas que se mantuvieron fieles, el germen de la primera Iglesia; los otros habían huido.

 

En estos días de enfermedad y muertes, también la Madre está firme al pie de la cama de los hospitales, en los que mueren muchos hijos suyos queridos a causa del corona virus. Dejémonos acompañar por ella, con corazón piadoso y apenado, mientras brota en nosotros la oración.

 

 

Oración Dame tu mano, María, la de las tocas moradas; clávame tus siete espadas en esta carne baldía. Quiero ir contigo en la impía tarde negra y amarilla. Aquí, en mi torpe mejilla, quiero ver si se retrata esa lividez de plata, esa lágrima que brilla. Déjame que te restañe ese llanto cristalino, y a la vera del camino permite que te acompañe. Deja que en lágrimas bañe la orla negra de tu manto a los pies del árbol santo, donde tu fruto se mustia. Capitana de la angustia: no quiero que sufras tanto. Padre nuestro…

 

DUODÉCIMA ESTACIÓN: Jesús muere en la cruz.

 

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Por ti, que nos has dejado, y ya has pasado el umbral de la muerte, rezo y a ti me encomiendo. Por ti, que has perdido un ser querido, y no te has podido acercar a darle un beso, te acompaño en tu dolor aunque nunca lo sepas. La muerte no es la última palabra. Jesús muere y convierte la muerte en vida.

 

Lectura bíblica: Era ya cerca de la hora sexta, y se hizo la oscuridad sobre todo el país hasta la hora nona, al eclipsarse el sol, y se desgarró por medio la cortina del templo. Jesús gritó con una gran voz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.» Y diciendo esto, expiró.

 

Meditación: Las tinieblas parecen condensarse en Jesús. El Hijo de Dios ha sufrido humanamente nuestro infierno, el infierno del silencio de Dios subrayado por las palabras del salmo: « ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» Por un instante, ha parecido que la unidad entre Padre e Hijo se desgarraba; hasta tal punto Jesús se ha identificado con nuestra misma pregunta desesperada.

 

Pero Jesús no duda de la bondad del Padre. Sabe que, si hasta ahora ha permanecido en silencio, ha sido porque quería mostrarnos que su amor hacia nosotros es tan verdadero que mantenía sus manos atadas para que el Hijo apurase el cáliz del dolor hasta el final, como tantas veces nos toca a nosotros. Entonces, cuando todo estuvo consumado, se escuchó que el Hijo se acogía confiadamente en las manos de su Padre: «Padre, en tus manos entrego mi espíritu.» Y el abismo, por un instante abierto, se inundó con el gran soplo de la resurrección.

 

Hermano nuestro Jesucristo, muerto para acompañar nuestra existencia hasta el extremo, acoge los sentimientos que ahora brotan de nuestro corazón apenado: En esta tarde, Cristo del Calvario, vine a rogarte por mi carne enferma; pero, al verte, mis ojos van y vienen de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza. ¿Cómo quejarme de mis pies cansados, cuando veo los tuyos destrozados? ¿Cómo mostrarte mis manos vacías, cuando las tuyas están llenas de heridas? ¿Cómo explicarte a ti mi soledad, cuando en la cruz alzado y solo estás? ¿Cómo explicarte que no tengo amor, cuando tienes rasgado el corazón?

 

Oración: Te pedimos, Señor, que acojas a todos nuestros hermanos fallecidos por el corona virus, llévalos a donde Tú ya vives con el Padre y el Espíritu Santo, allí donde ya no hay enfermedad, ni luto ni dolor. Consuela a sus familiares, que no pudieron acercarse a darles un beso de despedida, y hazles comprender que la muerte no tiene la última palabra. Porque Tú vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. Padre nuestro…

 

DÉCIMA TERCERA ESTACIÓN: Jesús es bajado de la cruz.

 

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Si no has podido despedirte de un ser querido, si estás a distancia de quien deseas acompañar, mira a María, la Virgen de la Soledad, la Virgen de las Angustias, la Virgen de los Desamparados., la Virgen de los Dolores. Ella tiene el encargo de Jesús de consolarnos. Un beso.

Lectura bíblica: Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo ―aquel que anteriormente había ido a verle de noche― con una mezcla de unas cien libras de mirra y áloe.

 

Meditación: Y cuando todo está consumado, dos hombres piadosos bajan de la cruz el cuerpo sin vida del Maestro y lo depositan en el regazo de la Madre. Tal vez sea éste el paso más entrañable de todo este camino de la cruz, por esa imagen de piedad desconsolada de la Madre y ese gesto “inútil” de estos dos hombres, que dan la cara por el ajusticiado cuando ya todo se ha consumado.

 

Estos dos son la viva imagen de la ambigua valentía que tantas veces mostramos, cuando ya poco queda por defender. Y de prisa y corriendo, porque se echaba encima el intangible descanso del gran Sábado, un sepulcro nuevo, prestado por uno de aquellos amigos del último momento, acoge el cuerpo sin vida del crucificado. Un sepulcro que vela la Madre en soledad. Pero esta muerte no será la última palabra, sino la primera pregunta: ¿qué hay detrás de tanto sufrimiento, sólo la nada sin sentido?

 

Este virus inesperado y ladino se ha llevado por delante la vida de muchos seres queridos, casi sin que sus familiares y amigos hayan podido despedirlos como hubieran deseado. No nos resignamos a que todo termine así. Jesús reclinado en el regazo de su Madre, con ese gesto de piedad, nos hace levantar la mirada hacia el cielo de donde esperamos un futuro mejor.

 

Oración: María, Madre piadosa, Madre de la angustiosa soledad, infunde tu cariño y tu esperanza a todos aquellos que, durante esta enfermedad, no han podido despedirse de sus seres queridos, a todos los que nos hemos visto obligados a mantenernos a distancia, y consuela nuestro dolor, sostén nuestro ánimo. No desprecies nuestras súplicas, que estamos en la prueba, y libéranos de todo pecado, o Virgen gloriosa y bendita. Dios te Salve…

 

DÉCIMA CUARTA ESTACIÓN: Jesús es sepultado

 

♦ Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Si no has podido acompañar el entierro a tu ser querido, a tu amigo. Si la losa del desgarro ha caído sobre tu corazón, te ofrezco mi silencio, y sobre todo el silencio de María, la mujer fuerte, que permaneció de pie junto a la Cruz, y no perdió la esperanza. ¡Ten ánimo! Tanto dolor no puede quedar sin sentido.

Lectura bíblica: José de Arimatea y Nicodemo tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas, con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Pusieron allí a Jesús, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca.

 

Meditación: Las mujeres y el Espíritu velan a Jesús que duerme en el sepulcro, aunque en velatorios muy diferentes. Las mujeres, esperando que apunte el alba del tercer día, cuando ya haya pasado del descanso del gran Sábado, para ir a embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús, que fue enterrado de prisa y corriendo, porque la tarde de aquel primer Viernes Santo tocaba a su fin.

 

En medio del dolor que el virus está sembrando en nuestra tierra, se abre paso la aurora de la Resurrección. Esta historia, que hemos revivido en el Vía Crucis es una historia singular e insólita: la de un muerto que vive y sigue irradiando su imagen sobre el tejido de la historia humana. La última estación no es ésta, sino la irrupción gloriosa del Resucitado que, contra todo pronóstico, ha vencido la muerte para siempre, como cantará la Iglesia en la mañana de Pascua: La muerte, en huida, ya va malherida.

 

Oración: Señor Jesucristo, vencedor de la muerte. Te hemos acompañado por el camino de la cruz y tú nos acompañas también en el dolor y el desconcierto que nos produce esta pandemia. Ayúdanos a afrontar esta realidad dolorosa desde la luz de la fe, con la esperanza que no defrauda, confiados como Tú en que Dios tiene siempre la última palabra. Tú, que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén. Padre nuestro…

 

 

Oración final:

Dios todopoderoso, rico en misericordia, que nos has renovado con la gloriosa muerte y resurrección de Jesucristo, no dejes de tu mano la obra que has comenzado en nosotros. Que tu bendición, Señor, descienda con abundancia sobre este pueblo, que ha revivido el camino doloroso de tu Hijo hacia la muerte con la esperanza de su santa resurrección; concédele tu consuelo, acrecienta su fe, y guíalo a la salvación eterna. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

Volver
Carmelitas de San José

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies