Ecos del Evangelio

9 abril, 2020 / Carmelitas
VIERNES SANTO CICLO A 2020

Es Viernes Santo. Dios lo ha dicho todo.

 

 

Al contrario del Domingo de Ramos, hoy, es el silencio lo que debe reinar. La cruz, sin más pretensiones que el ser contemplada, cargada, vivida y asumida nos invita a mirar hacia arriba. El silencio nos aturde. Estamos tan acostumbrados a ir de la mano del ruido, confundidos por los decibelios que –la escucha, la meditación, la reflexión- se nos hacen cuesta arriba cuando, la calma, es paso necesario para alcanzar esa sensibilidad… ¡Cuanto bien nos puede hacer este confinamiento si lo sabemos aprovechar!

 

 

La Pasión y muerte del Señor, si somos verdaderos seguidores suyos, nos debe conmover. Nos debe incitar a salir de nosotros mismos. A ponernos en camino hacia el Gólgota y, en esa cumbre, asombrarnos por la grandeza del amor de Dios. ¿Puede demostrarnos con más obras de las que ha hecho, lo mucho que el Señor nos ama? La cruz nos debe atraer a peregrinar confiadamente hacia ella. Y encontraremos a su sombra dos regalos: a María como nuestra Madre y, a la Iglesia vigilante, orante, transmisora de la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo.

 

 

Si de veras hemos tomado en serio el ser cristianos, debemos de preguntarnos, ¿Cómo es posible que, el Señor, haga esto por mí? Sólo el corazón colosal de Dios es capaz de salir al paso de nuestras interpelaciones y nos responde: lo hago porque, tu vida, merece un precio, un rescate, una salvación. Y, todo ello, lo hago por medio de mi Hijo Jesucristo.

 

La Pasión y muerte del Señor, si somos verdaderos seguidores suyos, nos descoloca. El camino fácil es la gran enseñanza de los valles de nuestro mundo. Pero ¿conducen esos pasajes cómodos a la felicidad? ¿Cuál es la situación del hombre de hoy? ¿Ha dado salida y solución a otras cruces de acero o de droga, de insolidaridad o de soledad, de pesimismo o de derrotismo que emergen con fuerza en los nuevos Gólgotas de nuestros días? Leamos, por favor a la luz de la cruz de Cristo, lo que nos está diciendo esta situación que vivimos, porque esta situación nos está hablando. La cruz de Jesús nos descoloca, porque no sabemos leer las situaciones de cruz que vivimos. Para ser entendida la cruz, ha de ser acogida desde el amor. No es cuestión de que nos gusten o no las cruces que se nos presentan en la vida.

 

 

Lo importante, no lo olvidemos, es alzar nuestros ojos a Cristo y pedirle: ayúdame a llevar la cruz como Tú (en comunión con el Padre), con las mismas manos que Tú (sin olvidar los dramas que nos rodean), con la misma sangre que Tú (negándome a mí mismo y ofreciendo lo mejor de mí mismo por la fe y por los demás).

 

La Pasión y muerte del Señor nos debe embellecer, sí, tal como lo oís. Un rostro desfigurado, el de Jesús, dará lugar a una humanidad rejuvenecida, con más vida, con más verdad. La muerte de Jesús en la cruz no es estéril. Lo mismo que no debe ser estéril la pandemia que sufrimos, si la leemos a la luz de la cruz. La cruz de Cristo no quedó clavada en la historia de un pasado.

 

Nos sigue aportando un inmenso canal de salvación personal, social, eclesial y comunitaria. En la aparente derrota de Cristo surgirá con fuerza la alegría de la Pascua. En la supuesta desaparición de nuestros cuerpos, por la muerte de Cristo, brillaremos de nuevo en una eternidad cara a cara con Dios. ¿Puede darnos más frutos las astillas ensangrentadas de la cruz? ¿Pueden ofrecernos algo más las dos traviesas (vertical y horizontal) de una cruz que abraza de lleno a cuantos la miran, la rezan, la contemplan, la aman, la defienden, la siguen o la adoran? La pasión y muerte de Cristo desfiguran su rostro, pero….embellece, recupera y salva la humanidad doliente. Miremos a la cruz…guardemos silencio…dejemos que ella nos hable…nos redima…

 

 

No, no son necesarias muchas palabras en este día de Viernes Santo. Dios lo ha dicho todo. Dios lo ha dado todo por Cristo, con Cristo y en Cristo. Además, la cruz, ya lo dice todo. Jamás, Dios, en tan poco espacio de tiempo, había hecho tanto por el hombre. La lectura y meditación de su Pasión es suficiente, reconforta, y nos da cien mil vueltas a lo que nosotros, con mil explicaciones, quisiéramos decir o completar en esta hora de muerte.

 

 

Escasas palabras, hermanos, hacen falta en Viernes Santo. La cruz lo explica y lo llena todo. Es el mejor altavoz por el que podemos escuchar la profundidad del amor de Dios. Es el mejor escaparate, o la mejor fotografía del auténtico rostro de Dios en Jesús. El amor gigante de Cristo se palpa, se siente, se visualiza en un lenguaje que todos entendemos: se entrega hasta morir. Se entrega por amor y con amor.

 

 

Hoy debe hablar el silencio Y no porque estemos de luto, sino porque necesitamos un espacio para la reflexión y la contemplación del drama de Cristo: ha muerto por nosotros en una cruz. Aprovechemos este confinamiento para meditar al pie de la cruz.

 

 

Como Judas, miremos desde lejos al Señor ¡Te he vendido, mi Señor ¡ Sin darme cuenta o siendo consciente de ello te empujé a subir a la cruz con mi cobardía o mi afán de oportunidades. Somos como ese apóstol que, teniendo a Dios delante de sus ojos, pudo más su apego al ruido del dinero, su servicio al poder que su fidelidad al que tanto había compartido contigo. ¿No vemos que lo estamos traicionando con este tren de vida que llevamos?

 

 

Como Pedro, necesitamos querer tu Cruz. Porque, como Pedro, también constantemente te negamos. Porque no queremos ver la cruz en el horizonte de nuestra vida. Porque, incluso como Pedro en el Tabor, quisiéramos una vida sin lucha, sin sufrimiento. Hoy, Señor, al contemplar tu cruz en este Viernes Santo….vemos que no hay tres negaciones escritas en tu cruz. En ella están cinceladas y a millones las contradicciones de nuestra vida cristiana, nuestra tibieza a la hora de dar nuestra cara por ti, nuestro arrojo con las cosas del mundo y nuestra timidez para con las cosas de Dios. ¿Pero no nos percatamos que lo negamos, con tanta ambición, activismo y altanería en la manera de vivir que llevamos?

 

 

Como Juan, permítenos estar al pie tu Cruz. Porque, también como Juan, necesitamos recostar nuestra cabeza ya no en tu pecho sino sentir la sangre que baja con fuerza por su madero. Como Juan, oh Jesús, también pretendemos el cielo (un puesto a tu derecha o a tu izquierda) sin mayor esfuerzo que una petición como contraprestación a nuestra amistad contigo ¿Aún no nos damos cuenta que seguir a Cristo no significa tener un salvoconducto?

 

 

Como a María, admítenos por lo menos unos minutos para ser testigos de tanta pasión. Porque, como María, también quisiéramos ser centinelas de tu amor en la Cruz. Déjanos, oh Cristo, al pie de la Cruz, ser hijos de María y recibirla como Madre que permanece fiel, silenciosa fuerte y solidaria para acompañarnos en las noches oscuras del alma. ¿La Cruz de Jesús, nos sigue hablando del amor de Dios o, tal vez, se quedó como amuleto en el pecho de alguno o como simple adorno? ¿Nos decidiremos a poner como guía de nuestro seguimiento de Cristo a la Virgen María? ¡Atreveros y no habrá pandemia que nos acobarde!

 

La pregunta que me hago y te hago a ti, Señor, es : ¿Para qué tanto, Señor?

¿Por qué tanto empeño en salvarme, cuando a veces pienso que no estoy perdido?

¿Para qué tanta sangre, si –tal vez- no le doy valor?

¿Por qué una cruz, si seguimos sin mirar al cielo?

¿Por qué un corazón tan blando, cuando el nuestro es tan severo?

¿Para qué un estandarte de amor en Jesús, si nos vamos por lo placentero?

¿Por qué tanta generosidad, si encuentras cerrazón?

¿Para qué tu pan, si no lo saboreamos con fe?

¿Por qué tu vino, si frecuentemente no le damos valía?

¿Para que una pasión, si vivimos sin compasión?

¿Por qué un calvario, cuando preferimos la vida fácil?

¿Para qué subir a Jerusalén, si preferimos los felices valles?

¿Por qué Cristo en la cruz, si es mejor una vida de luces y no de cruces?

¿Para qué alzar la mirada, cuando nos seduce estar apegados a la tierra?

¿Por qué, Tu, oh Dios, te desprendes de lo que más quieres, si somos insensibles?

 

Muchas preguntas, Señor, para una única respuesta, por lo menos es la que yo encuentro: POR EL GIGANTESCO Y DESCOMUNAL AMOR CON EL QUE TU NOS AMAS, SEÑOR.

 

Es Viernes Santo. Dios lo ha dicho todo. Dios lo ha hecho todo. Dios lo ha dado todo… por dar, nos ha dado hasta lo más grande y único que poseía: a su Hijo.

 

¿Y nosotros, en que estamos dispuestos a corresponderle?

 

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