Ecos del Evangelio

1 abril, 2021 / Carmelitas
VIERNES SANTO CICLO B 2021

 

 

Llegó la hora de la Verdad, sobran ya discursos, gestos, liturgia, etc. Ya esta todo dicho y explicado. Ahora habla la cruda realidad. Y es que, a todo amor, si es verdadero, le llega la hora de la verdad. La hora de llevar hasta el extremo lo que se ha expresado con palabras y gestos. Y eso es lo que significa el Viernes Santo, Llega la hora del penúltimo acto de la locura de amor que comenzaba en Belén.

 

 

Hoy conmemoramos esa locura de AMOR clavada en la cruz. Entregando su vida por amor y sin pedir nada a cambio. No me digáis que eso no es una locura. La crucifixión de Cristo no fue un acto aislado, sino la culminación de una vida comprometida hasta el extremo con los hombres. Por eso mismo, hemos de contemplar la cruz como lo que es.

 

La Cruz no es un adorno, ni un objeto de culto, ni un amuleto. La cruz muestra hasta dónde llega el amor y la generosidad de Jesús, que no dudó en su entrega. Es decir, «el misterio de Cristo es que, muriendo, destruyó la muerte, y resucitando, restauró la VIDA«, y eso es lo que celebramos al participar de la Eucaristía.

 

Por tanto, el misterio de la cruz nos desvela que toda entrega generosa e incondicional no acaba en la muerte, sino en la Vida, y en vida que no se termina.

 

“TODO ESTÁ CUMPLIDO”. Esta frase de Cristo en la agonía, encierra toda una vida que desgastada y entregada. No le queda nada más por dar. Ha derramado hasta la última gota de sangre. Él entrega el espíritu al Padre, para que después, ese espíritu que da la Vida, vuelva para quedarse con nosotros en Pentecostés. Jesús ha sido destrozado, desfigurado hasta el extremo por el mal, pero el mal, el sufrimiento, no tiene nunca la última palabra cuando se sufre por amor.

 

¡Dos maderos! Entrecruzados los dos y misteriosamente fuertes lograron contener un amor infinito. Uno, clavado en la tierra, pero incrustándose en el cielo El otro, estrujando a los brazos que amaron, y arrancándose en solemne ternura ante el mundo que no vio el amor que tanto amó.

 

¡Dos maderos! Por uno deslizándose la sangre de alto precio y, por el otro, desgarrándose las manos que bendijeron, multiplicaron, enseñaron y corrigieron.

 

¡Dos maderos! Uno de ellos, tan increíblemente alto, que deja pequeños los dolores de los que decimos sufrirlos. El otro, tan grande y tan amplio, que toda la humanidad cabe dentro.

 

¡Dos maderos! Sobre los dos maderos, Cristo pronuncia las 7 últimas, justas y definitivas palabras, resumen de todo cuanto nos hablo y enseñó.

 

¡Dos maderos! De madera los dos, como en Belén. Conteniendo el amor, como en Belén. En silencio, como en Belén. En la soledad, como en Belén. Pero, muy diferente a Belén: el amor ahora se desangra y no dice nada, ni tan siquiera llora, sólo ama.

 

¡Dos maderos! Acerquémonos, desde el hormigón del mundo, a este trampolín de gloria y salvación. Besemos este altar, pobre y de madera, donde se consume el Amor de los Amores. Postrémonos ante Él y abandonemos otros dioses de hojalata que nos seducen, engañan y traicionan. Dejemos que sea, la cruz de madera, y no nosotros, quien sostenga al que no fue sino entrega, generosidad, compañía, dulzura y esperanza.

 

¡Cuantas cosas te preguntaría, oh Cruz!

¿Qué se siente al ser sostenida por las manos más justas que jamás un madero acariciaron?

¿Qué se siente al ser cargada por el mejor de los hombres, con paso firme y dejando tras de sí huellas en infinito reguero de sangre?

¿Qué se vive cuando se es traspasada y se es soporte del dolor sin límite y de la muerte sin defensa alguna?

¿A dónde se mira cuando fuiste elevada con el amor ajusticiado, sin derecho a réplica y con la burla al pie de tu estilizada silueta?

¿No te estremeciste cuando pensaron en ti como altar donde se desangró aquel cordero que, con su sacrificio, sigue otorgando el premio de la eternidad a los hombres?

¿No te revelaste desde la azotea de tu ser madero, cuando aquellos sellaron lo que nunca sintieron ni pensaron?

¿Qué se piensa cuando se es frontis de la justicia injustamente tratada; del amor con odio condenado; de la pasión con apasionamiento crucificado; del perdón con saña traspasado?

¿Qué se revuelve por dentro cuando se asiste impotente a la soledad de Aquel al que se quiere; de la bondad de Aquel al que se ama; de la quietud de Aquel que tanto dio sin esperar nada a cambio?

 

¡Sí, y a Ti , oh Cristo, a ti también te pregunto

¿Cómo se hace para tener la fortaleza de tus entrañas cuando estamos acostumbrados a la dulzura y cuidado de nuestros cuerpos?

¿Hacia dónde hemos de mirar para no ser cómplices de tanta muerte innecesaria, de tanta violencia, que porque no nos toca de cerca, nos vuelve insensibles?

¿Cómo ser clavado sin sufrir; maltratado sin odiar; elevado sin ser engreído; astillado sin peligro de ser destrozado?

¿Cómo ser símbolo de amor sin distinción; de perdón sin exigencias; de palabras sin ruido; de gestos que no suenen a vacío? No, el Pesebre en el que clavaron a Cristo en el Calvario no habla. No, la cruz, por si sola no habla, pero sí, el que está clavado en ella.

 

¿Qué podemos hacer, Señor? Pregunta el hombre desde el llano. Miradme. Contempladme, responde Cristo. Es el amor de Dios que, una y otra vez, se desparramó a favor de toda la humanidad.

¿Qué podemos hacer, Señor? Pregunta el temeroso. El que huye del escándalo de la cruz. ¡Os lo advertí, responde Cristo! Seguirme implica abrazar el madero, cargar con la cruz. Decir sí a Dios en todo momento. Incluso en los momentos en los que la fidelidad o la fe llevan al dolor.

¿Qué podemos hacer, Señor? Y nos responde Cristo .Si yo he compartido con vosotros vuestra condición humana. ¡Compartid con Dios su condición divina! ¡No os alejéis de Él! Para eso he venido. Por ello sufro y mi cuerpo se desangra, para traeros vida y en abundancia. La vida de Dios.

Sí, la cruz, en el Gólgota, puede sonar a fracaso, pero no es fracaso definitivo. Representa todos aquellos esfuerzos que, desde distintos vértices, se realizan en nombre del Señor.

Pero al final, sólo al final, se verá –veremos- el fruto de nuestras entregas; de nuestras oraciones; de nuestros silencios.

Al final, sólo al final, comprenderemos el valor de tanta sangra derramada. De la fe que tributamos en vida a Dios. De la fidelidad de todos y cada uno de nosotros al Padre.

Por eso mismo.

Porque desde la cruz, habla el silencio….dejemos las palabras y acudamos al corazón para contemplar en él la grandeza de todos estos misterios.

Porque desde la cruz, habla el amor….hablemos menos, y amemos más.

Porque, desde la cruz, se nos da una Madre….que Ella nos ayude a ser fieles testigos de Cristo.

Porque, desde la cruz, se nos perdona…que no desaprovechemos la oportunidad de acogernos a ese perdón.

Porque, desde la cruz, se nos promete un Paraíso….que no pongamos nuestros ojos exclusivamente en el mundo.

Porque, desde la cruz, el HOMBRE se desangra….que no permitamos más injusticias ni violencia.

Porque desde la cruz, Dios nos da lo más grande….no permitamos que nada se interponga entre nosotros y Cristo.

¿Y como pagaremos a Cristo todo el bien que nos ha hecho? Porque…

 

Tu amor es tan grande, que en la cruz es inabarcable.

Tu entrega es tan dolorosa que, saltan ríos de sangre, por toda la humanidad sufriente y dolorida.

Sobran las palabras cuando hablas con tu cuerpo.

No hacen falta más redentores. Ni queremos más profetas.

Tu amor produce vértigo y espanto: ¿Por qué lo has hecho, Señor? ¿Tanto vale el hombre? ¿Tan costosa es su redención? ¿No te das cuenta, Señor, que somos falsa moneda?

 

Has subido a la cruz, por mí y, por ello mismo, te doy las gracias.

 

Has subido al madero, por nosotros, y por los que te ignoran o te maldicen, y por ello te pido perdón y misericordia.

 

Has subido a la cruz, por los que alzan sus ojos al tronco redentor como espectadores y no cambian sus vidas.

 

Has subido a la cruz, por los que levantan sus cabezas. y piensan que no hiciste nada.

 

Has subido a la cruz, por los que elevan sus cuerpos y creen que, con pequeños gestos, ya hacen demasiado por el mundo.

 

¿Cómo pagaremos todo el bien que Tú nos has hecho? Responde a esta última pregunta. Señor. Pues ahí va la respuesta…, porque Cristo siempre responde. Y la respuesta es bien simple.

 

«Amando hasta el extremo, como yo os he amado». No hay otra respuesta

 

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