Ecos del Evangelio

7 julio, 2016 / Carmelitas
Vivir en permanente conversión

Hna. Rosa Sáiz

Se presentaron algunos y le contestaron a Jesús lo que había pasado con los galileos a quienes Pilato había dado muerte en el templo, mezclando su sangre con las de las víctimas.

Jesús le contesto: ¿Creéis que esos galileos eran más pecadores por haber sufrido esta desgracia? Yo, os digo que no, pero si vosotros no tomáis otro camino pereceréis igualmente.

Todos los hombres necesitamos la conversión, es decir ir cambiando nuestra manera de vida hacia la perfección quitando defectos y plantando actos de virtud. No nos cansemos aunque una y otra vez no veamos el fruto de nuestros esfuerzos. El Señor es testigo fiel, lo importante es no dejarnos llevar del cansancio, de la rutina, Él está siempre con nosotros. Él nos alienta y da fuerzas para levantarnos siempre. Ténganle por el fiel compañero, como dice nuestra Madre Teres de Jesús.

El Señor nos da el tiempo de la vida para dar frutos. Jesús les puso además esta comparación un hombre tenía una higuera plantada en su viña, fue a buscar higos pero no halló; dijo entonces al viñador, mira, hace tres años que vengo a buscar higos a esta higuera, pero nunca encuentro nada, córtala pues no sirve más que para agotar la tierra, pero el contesto; “Señor déjala un año más así tendré tiempo para cavarla alrededor y echarle abono” puede ser que así de frutos; sino la cortaras. El Padre, con todo su amor y predilección nos ha plantado en su viña (la iglesia) despliega sobre nosotros una lluvia de gracias, espera con paciencia infinita ver frutos, ese árbol empieza poco a poco a enfermar y se va secando. ¿Qué le está pasando? Al ver el Padre que está ocupando sitio, en el que otro con las mismas gracias daría fruto abundante.

¿Qué puede pasar al alma que se vuelve estéril? El Padre siempre nos proporciona buenas armas: la fe firme, la oración donde tenemos el diálogo con ese Padre, pero que a veces nos cansamos porque al no ver el fruto que esperamos lo dejamos y nuestra alma va enflaqueciendo, secándose, muriendo poco a poco sin apenas darnos cuenta.

Pidamos al Padre que después de tantas gracias lleguemos a ser alegría de su corazón, los hijos que den fruto abundante y le den gloria en la tierra.

 

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