Ecos del Evangelio

14 septiembre, 2019 / Carmelitas
XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ODINARIO

“ME LEVANTARÉ E IRÉ A MI PADRE”

 

Esta frase con la que titulo la reflexión de este domingo, me evoca al tiempo de preparación a la Pascua cuando cantamos éste canto.
En el texto evangélico de san Lucas que nos propone la liturgia de este domingo, Jesús narra tres parábolas en el capítulo 15.

 

Nos dice el evangelista que los que se acercan a escuchar a Jesús son los publicanos y pecadores; mientras que los fariseos que también están presentes le critican porque se relaciona con este tipo de personas que trasgreden la ley.

 

Las tres parábolas que a mi parecer nos son muy conocidas, tienen rasgos en común las dos primeras: algo importante se pierde. “La oveja”, (Lc15,1-7). “La moneda” (Lc. 15, 8-10) y se busca con diligencia hasta encontrarla, y al encontrarla convoca a los que están cerca a que participen de esa alegría y gozo que siente porque se ha encontrado aquello que es tan importante.
Jesús al terminar cada una de estas dos parábola nos dice: “Yo les aseguro que también el cielo hay más alegría por un pecador que se convierte,…”
“Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte”.

 

En estas dos parábolas aparece la alegría como fruto de la búsqueda y el encuentro. Dios siempre nos busca y sale a nuestro encuentro para manifestarnos su alegría desbordante así lo describe con detalle la hermosa parábola del “hijo pródigo”. (pocas veces hemos escuchamos la palabra “prodigo” fuera de este contexto de la parábola y la asociamos como malo y en realidad pródigo significa: generoso, abundante o derrochador y la prodigalidad no necesariamente mala. Dios creo las especies pródigamente)

 

Estamos ante la inolvidable parábola del “Padre bondadoso” (Lc. 15,11-32)
San Lucas nos describe de modo admirable y conmovedor el perdón de Dios.

 

Esta parábola siento que es muy amada porque el perdón del Padre hacia a su hijo menor nos reafirma que no importa cómo hemos pecado, Dios anhelante nos da la bienvenida a su hogar. No lo olvidemos. Frente a las condenas de los demás, frente al remordimiento y los reproches de nosotros mismos, en Dios siempre encontramos la misma actitud de comprensión y de perdón sin límites.

 

Recibir el perdón de Dios es un acto de fe que se ha de cuidar bien. No consiste en una reflexión intelectual. No se trata tampoco de «sentir» el perdón durante unos momentos para sumergirse de nuevo rápidamente en la vida. Acoger el perdón de Dios requiere tiempo y recogimiento para gustar su misericordia, interiorizar en nosotros su bondad y experimentar agradecidos su acción renovadora.

 

El perdón de Dios no consiste simplemente en que Dios «olvida» nuestro pecado o «no lo tiene en cuenta». Dios no es como nosotros. Para Dios perdonar es «quitar el pecado», hacerlo desaparecer, devolver la inocencia. El perdón de Dios es perdón total y absoluto, gracia que regenera, nuevo comienzo de todo, seguridad y paz íntima.

 

La palabra decisiva que nos abre de nuevo el camino hacia Dios es ésta: «Padre, perdóname». Cuando alguien la dice de verdad desde el fondo de su corazón, es la señal más segura de que su relación con Dios ha cambiado radicalmente. Quien pide perdón a Dios no sólo cree que Dios existe, comienza a comunicarse con él. Esto lo cambia todo.

 

Si Jesús cuando narra estas parábolas hace la invitación a la conversión a los fariseos hoy nos la hace a nosotros.

 

Meditar en esta bondad y misericordia infinita de nuestro Padre Dios, si somos dóciles a las mociones del Espíritu Santo debe de suscitar en nosotros un compromiso concreto. Buscar el encuentro con Nuestro Padre misericordioso a través del sacramento de la reconciliación y gustar de la fuerza y abundancia de su gracia.

 

¡Alégranos porque Dios siempre busca engrandecernos!

 

 

Hna. Guadalupe Barba Vásquez CSJ

 

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