Ecos del Evangelio

21 septiembre, 2018 / Carmelitas
XXV Domingo Tiempo Ordinario

¡El Señor sostiene mi vida!

 

Qué dura se nos presenta la primera lectura, somos puestos a prueba, y se hace presente el pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto, no por las tres tentaciones presentadas, sino por la fortaleza necesaria para poder afrontar lo que nos pone a prueba.

 

Se nos hace ser conscientes, de los tormentos por los cuales ha pasado Jesús, todavía tan presentes en el mundo, se nos hielan las entrañas, y de nuevo se repite la pasión de nuestro Señor Jesucristo. Y cabe la pregunta:

 

¿Es el Señor, Él que sostiene mi vida?

 

Detengámonos a pensar, en la exigencia que comporta una vida de oración entregada y coherente, y solo nos queda decir:

 

– ¡Señor, sin Ti no puedo, necesito tu fortaleza, necesito centrar mi vida en Ti, mi roca y mi refugio!

 

Tal como leemos en el salmo, el que tiene su esperanza y confianza en Dios sabe que, aun ante la muerte, Dios escucha al grito del afligido y sale a su encuentro, pues estamos ante el Dios vivo. “Dios es quien me ayuda, mi Señor está con los que me protegen….” Señor, sí, alabaré tu nombre, porque eres bueno. Sé que sólo de Ti, viene la sabiduría, la misma que purifica nuestra vida, y la va haciendo más pura, pacifica, imparcial y sincera, éste es el camino de sabiduría, el que siembra paz por donde pasa.

 

Él nos hace vivir libres, haciéndonos personas capaces de amar que, poco a poco van dejando la esclavitud de la envidia, de la ambición, del desenfreno y de la maldad.

 

El Señor nos indica el camino a seguir, sin embargo, nos toca algo esencial:

 

“Caer en la cuenta” como dice Juan de la Cruz, y mientras no lo hagamos no entenderemos lo que nos quiere decir Jesús con la cita: “los últimos serán los primeros…” nos habla a cada a uno de nosotros, y nos dice que mientras dejemos que el orgullo hable más alto que el deseo de servir a Dios en el amor, no seremos herederos de la recompensa de los hijos de Dios, el conocido “Cielo en la Tierra” de Sor Isabel de la Trinidad.

 

Dejémonos, pues, caer en la cuenta y permitamos que el Espíritu de Dios que nos habita sea el que clame al Padre, lo que más necesitamos, para que como el niño, que nos presenta Jesús en el evangelio, nos dejemos instruir por el Maestro, en la intimidad; dejándonos tomar por los brazos, totalmente confiadas, en aquel que nos ha amado hasta el extremo. Y tan solo tengamos presente lo que nos dice la Santa: “Mirad al crucificado y todo se os hará poco”. STJ

 

Hna. Andreia Botao CSJ

 

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